Rompo mi silencio. vomitando

Señoros y caballeras del jurado, hoy es. Y se preguntarán, ¿qué? qué es lo que hoy es que no fue ni ayer ni anteayer ni mañana, sino precisamente hoy? Pues escuchen, escuchen bien… hoy es el día que asumo mi completo y total ridículo. Supongo que esa última frase es lo suficientemente explicativa por sí misma, pero por si acaso, me explico. No sé a raíz de qué momento de mi vida decidí pensar que mis pensamientos eran interesantes. Y digo más: no sé cuándo decidí pensar que mi manera de expresarlos era inteligente, grácil, atractiva, ingeniosa o yo qué coño sé. De repente me transformé en una bestia presuntuosa, apestando perfumes de literato regurgitado (¿ven a lo que me refiero? Mierda… no puedo parar). Sí, soy un monstruo. Quise atrapar la belleza, el ingenio, el asco y el odio en palabras frente a una pantalla iluminada y un teclado que no suena ni a música, como si fuera un Bukowski de la vida –aunque de él solo comparta su insana afición a la destrucción de mi hígado. Señoris y caballeres: he aquí un ser lamentable que lleva invirtiendo gran parte de su reciente existencia en escribir mierda en vez de en VIVIR. Cojones. Porque el vivir no se me da nada bien en realidad. Y lo intento, ¿eh? Lo intento… Y uno hasta consigue los abrazos, besos y aprecios que cree que busca… pero aún persiste algo VIVO en el interior que no puede –o no sabe cómo- materializar. No sé, quizás debería mudarme al París de la Revolución o de la Comuna de Mayo, al paraíso Jipi de Lennon o al Planeta Marte de cualquier otro Multiverso más cálido y justo que este. Pero como Doraemon no existe y la ciencia no ha sido capaz de curvar el espacio-tiempo lo suficiente como para lograr que mañana sea ayer o 1730, hoy me confieso un ser ridículo que, sin embargo, no tiene ni la más mínima intención de dejar de serlo. Seguiré vomitando sueños; eso es: seguiré soñando con que algún día la peña no vomite demasiado al leerme; y es más: seguiré rebuscando dentro de mí la manera de vomitarme tanto –tanto, tanto, tanto…- que ni siquiera el propio ridículo me merezca la pena ya.

Fijaros si soy solidario que comparto mi mierda con vosotros. No me la quedaré para mí solo… 

La Madre Teresa de Calcuta debe estar dándose cabezazos contra la tapa de su ataud frente a mi actitud caritativo-compasiva. Ríete tú de los Santos de Cristo.

Yo SOY este ASCO que LEES, SÍ. así que CÓMEME

o CÓMEMELA

 

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Andreíta se mudó a Tokyo.

A Andreíta le dije que por ella yo pelearía contra él, pero lo mejor que me ha podido pasar es que ese brutal y despiadado asesino de personas haya poseído su mente y su cuerpo. Es cruel, paradójico y (principalmente) asqueroso, pero (egoístamente hablando) ha sido mi mejor escapatoria. Claro que todo esto conlleva importantes secuelas, como son mi abstinencia radicalmente forzada a determinadas horas que antaño pedían la siguiente ronda. Pero incluso considerando los efectos secundarios sobre mi cuerpo cuando ya ni siquiera lo domino yo, cuando ya desea él por su cuenta más y más grados efervescentes que me agiten, aun así continúa siendo beneficioso para mí (considerando mi salud puramente física y marginando mi salud mental, por otra parte deteriorada para siempre) ¿o es que acaso hubiese querido yo cargar con esa losa derretida sobre mi chepa, con esa babosa lamentablemente pesada arrastrándome a sus infinitos abismos sin sentido? Bastante tengo yo ya con lidiar con mi propio abismo… No, no. Yo no lo necesito. Y ella necesita; sin más; es ese el verbo. Ella cree que no es merecedora del deseo, y por eso ansía desesperadamente el deseo de un hombre (GRANDE, FUERTE, ANCHO y ASQUEROSO) que tenga los suficientes huevos de continuar. Y parece ser que también necesita que ese hombre la destroce fundamentalmente, dejando para los demás sólo los restos de ella. Parece ser que ella desea perder la cabeza por quien sea capaz de dominar sus impulsos, por quien sea lo suficientemente osado como para controlarla (y destruir lo que es) sin cargar conciencias; alguien cuyos instintos asesinos se sacien con el dominio total de un ser mucho más débil. Y en cuanto a mí, sí: la he abandonado al diablo… ¿pero acaso este es el peor de sus diablos posibles? Por sus actos y decisiones, creo comprender que este diablo funciona en parte como su paraíso. Necesita (o cree necesitar) sus azotes para flotar en el amplio océano de su infinita ridiculez; y en cuanto asoma su nariz achatada y respira, se le escapa una leve sonrisa entre lágrima y lágrima (¿y qué son diez mil lágrimas en el océano?). La gente está destruida, y no hay nada que se pueda hacer desde fuera por alguien que ya asume como algo propio su destrucción. Ella es hoy un Ave Fénix que vive siendo permanente ceniza. Y yo respiro el aire viciado que deja ese polvo para siempre suspendido en el aire. No en vano, yo no soy tan hijo de puta: mi amistad fue promesa tácita y morirá siendo realidad. Por más que vomite cada vez que me llegue el turno de mirar a la arcada-sombra-débil de lo que fue.

Soy un hijo puta, SÍ, tal vez; pero no soy un imbécil. Y mucho menos soy un psicópata

Tal y como lo es él.

Te dije que pelearía contra él por ti, y lo mantengo; pero lo que no estoy dispuesto es a pelear contra ti por ti, Andreíta.

 

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¿Determina la educación al mundo, o es el mundo el que determina la educación?

“La educación por la mera educación es un tanto arriesgada”. Eso fue lo que declaró Charles Clarke, Ministro de Educación de Reino Unido (2002-2004), queriendo decir con ello (como mordazmente apreció Richard Ingram) que «el propósito esencial de las escuelas y las universidades es el de hacer aumentar el crecimiento económico y ayudarnos a competir con nuestros socios europeos», y, por consiguiente (deberíamos añadir), ayudar al gobierno a ganar las elecciones siguientes. Leer Más