TODO POR LA PATRIA

“TODO POR LA PATRIA”
rezaba de lema la entrada al cuartel de la Guardia Civil. Un lema que a buen seguro compartían con fervor sincero todos aquellos agentes a los que el cuartel cobijaba y asalariaba, esos mismos que hoy salían a desahuciar a una familia.

Hoy: día cualquiera, a cualquier hora del rejo frío de la mañana, actuando por la patria, por su bandera, por su himno, por su nación, por su pasión, los agentes apalean y detienen a varios integrantes de una cadena humana que aspiraba a ser ese muro infranqueable que impidiese el desenlace de un atropello injusto.
Los eslabones de la cadena han quedado tirados frente a la puerta: se ha destrozado a golpe de porrazo la dignidad de su lucha pacífica; se han transformado poco a poco en impotencia y disuasión, con las esposas y un furgón que comenzaba a llenarse de todos aquellos que no tuvieron ni tiempo ni espacio de dispersarse tras la sagrada orden de los gritos soberanos, esos que se dictan sobre los altares de unas placas de hojalata.

Y por la patria los agentes destruyen a patadas la puerta de la casa, y por la patria agarran al padre y a la madre, a la niña y al niño, y por la patria las lágrimas gritan en sus ojos, y por la patria los gritos lloran en sus bocas, y por la patria madre, padre, hija e hijo van dejando atrás los forcejeos inútiles, que poco tardan en ahogarse en la futilidad, que permiten que la realidad, agresiva y espesa, corrompida y uniformada, les caiga sobre los hombros como un baño de agua fría. Una realidad que ahora ven hasta qué punto detesta a los pobres, a los insolventes, a los desempleados.

En el espejo de la entrada se refleja ahora la familia, mientras se la llevan a rastras. Una familia que se mira al espejo pero que no se reconoce. Una familia que se ve abandonando a la fuerza su casa de toda la vida, indefensos y perdidos, entre berridos desorientados, como en una pesadilla o un mal cuento lacrimoso. Viendo cómo su vida se sepulta bajo el cemento legal redactado por los gobiernos de un país sin escrúpulos.

Y por la patria detienen al padre, y se lo llevan esposado, como si de un peligroso asaltante cazado en pleno robo millonario se tratase, un padre con el cráneo magullado y el rostro sangrante, un padre camino de comisaría por resistirse a la autoridad, por defender con uñas y dientes y hasta con su propia sangre a su familia y su vivienda (aquella vida construida a base de sueños rotos) tal y como su desesperación le impuso, impulsivamente, de manera precaria, sin más armas que su rabia, entre los sollozos desesperados de sus hijos y la prudencia impuesta de una (“santa”) madre que los sostiene en el rellano con sus brazos mientras a ella no la sostiene nadie, que apenas se sostiene a sí misma cuando en el interior de sus costillas está liberándose una dolorosa batalla,
que va perdiendo…
y sus ojos se derrumban,
y delatan su derrota,
empapándose.

¡Ese padre! que lucha a mano contra el acero por proteger los frutos de su sangre; ¡esa madre! que lucha contra sí misma por no abandonar a sus hijos por un arrebato inútil; ¡esa gente! que lucha delante de la destrozada puerta por sus amigos, por sus conocidos, o simplemente por sus iguales; ese chico o esa chica que vienen por primera vez, que comienzan a dar la vida por los demás y esos otros, todos esos, ¡que llevan toda una vida dándola!; esos que no tienen bandera ni himnos, o dicho de otra manera, ¡que tienen mil banderas y mil himnos! tantas banderas como rostros los componen, tantos himnos como cánticos compartieron; esos, todos esos, ¡Todos Ellos! que estaban dándolo todo. No sé si por una patria; pero indudablemente, lo daban TODO. Y darlo les costaba multas, y dolores, y juicios, y prisiones, y frustraciones, y dineros, y violencia, y rabia; e incluso el fluir de una sangre que manchaba los bates silenciosos de toda culpa.

Todo aquello otorgado por gentileza de quienes sólo actúan para darlo “TODO POR LA PATRIA”.

Y cierto es que lo estaban dando. Sólo que no sabían

que esa patria

era realmente la banca

pintada de gualda y de rojo.

 

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