Bis a Bis.

Un cristal separaba una mano de la otra; un teléfono las unía de alguna fría manera, conectándolos, al fin, robotizando sus voces

-qué tal estás

-bien…

Los labios se sonreían, trataban de sonreírse; los ojos, de contenerse. Si el deseo fuera allí libre, ellos estarían entremezclándose como dos serpientes amantes, devorándose el uno al otro como en la primera vez, aliados en su misma fuerza, aupados en la misma altura, ansiosa y apasionada altura… se estarían comiendo como quien come después de mil años de puntiaguda hambruna.

-¿ya conoces a gente?

-bueno, algo conozco…

Un poder instintivo, un ente infinito e intenso, como si se tratara de algún tipo de corriente mágica e indescifrable para quien no la siente, fluye eléctricamente en ida y vuelta continua por el carril privado que conformaban sus ojos, asume desesperadamente cada fotograma atravesando el groso cristal, como si no existiera éste, tratando de absorber lo máximo posible de la otra parte, recargando unas baterías todavía interdependientes, obligadas a alejarse, subalternadas, fraccionadas, que estaban ya casi completamente muertas de tanto tiempo sin su otra mitad necesaria.

-¿cómo es la comida ahí dentro?

-no está mal… no sé, normal…

Se notaba que ellos no querían hablarse más; no era hablarse lo que querían. Les dolía mirarse y no poder tocar el terciopelo de sus pieles, el no poder sentirse acariciados por las otras manos anheladas, por ese anhelado tacto… Literalmente: dolía. Más que cualquier herida de bala. Resignados se conformarían ya con un solo instante imposible de esos dos labios montados en sus propios labios, como tanto hicieran, como tan poco hicieran, como hace tanto que ya no podían hacer, para que se apagaran sus fuegos internos…con algo de fuego sanador que sellara con dolor heridas.

Un hedor extraño llegaba desde alguna parte y hacía presagiar el final.

-bueno… y tú qué tal estás… cómo van las cosas ahí fuera

-bueno… ahí van…

-…

-…

-te echo de menos

En ese momento estallaron los dos, sin remedio posible a sus ojos. Ninguno pudo retener ya más el agresivo oleaje de sus lagrimales, que explotaron virulentos como bombas, olas que se desparramaban por todos los surcos de sus rostros, caras que se desmoronaban humedecidas al doloroso compás de unos alaridos incontrolables… ¡Malditas las Leyes, Malditos los jueces, Malditas las placas, Malditas todas las normas, el Mundo, Maldita Injusticia! Pero por sobre todas las cosas: ¡Maldita distancia transparente que nosotros mismos nos hemos creado!

 

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