El DESHEREDADO II (1/3)

Ver El desheredado: capítulo 1 

Capítulo 2

I.

De todos es sabido que los inviernos son mucho más duros para los que dormimos a ras de cielo. Cada año, muchos de los nuestros no superan la congelación de los días más fríos, y por lo general no es hasta varios días después que la muerte es advertida (u olida) por un agente o por un ciudadano cualquiera de a pie. Hasta entonces, el cadáver es velado por las palomas y por los insectos, mientras los gusanos esperan ansiosos su turno y banquete. Aunque si de lutos habláramos, la cosa no iba a ser muy diferente poco después: una vez recogido el inerte cuerpo -siempre una carga, siempre entre regañadientes-, sin una familia que reclame o sin manera alguna de poder contactarla, el vagabundo es velado finalmente por el fuego eterno. Sin embargo, los males padecidos por la falta de techo se interrumpieron de manera abrupta a principios de este año, cuando al fin entró en vigor una iniciativa totalmente revolucionaria que, no sin resistencias, logró llevar adelante el ayuntamiento de mi ciudad, con un carácter de urgencia que, como puedes ver, no era para menos.

Fue en un descampado de las afueras de mi ciudad. Allí fueron instalados más de doscientos módulos, pequeñas cajas de zapatos con el espacio justo para una cama, un váter y una ducha. Nada de lujos para ustedes, pero suficiente para nosotros ¡Qué coño! Para nosotros era el paraíso. Como paso previo a todo esto, el ayuntamiento había mandado realizar un conteo de todos nosotros los vagabundos, a fin de valorar con mayor exactitud las dimensiones y características con las que debía contar el recinto donde se construiría lo que se vino a llamar “Villavida: un Hogar Para Todos”. Destacar que para el sustento eléctrico de las instalaciones se recurrió al uso de placas fotovoltaicas, utilizando las tarifas gratuitas del astro rey y escapando de las garras abusivas de un sector eléctrico para nada conforme con la iniciativa. Todas las mañanas contábamos con desayuno gratuito: tostadas con mantequilla o mermelada, leche o café caliente para enfrentar mejor el día. Además, había un pequeño ambulatorio para tratar de ayudarnos a los que estábamos enfermos; aunque lo que es a mí, me estaban curando entre todos. Si mi enfermedad es la humanidad, mi medicina es la esperanza en los humanos. Así que todo aquello estaba siendo mi tratamiento. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien. Pero para llegar hasta aquí, primero tuvieron que hacerse añicos todas mis resistencias.

Había corrido el rumor entre los vagabundos mucho antes de que Villavida fuera un lugar real en el mundo, pero al principio no dábamos crédito: teníamos que ver para creer. Eso nos lo enseñó el hambre. Aunque visitábamos frecuentemente las instalaciones cuando aún estaban en proceso de cocción, nos convencíamos de que todo aquello tenía una explicación diferente, que se trataba de otra cosa. No queríamos sufrir el desgarro de una nueva esperanza incumplida. No, no lo habríamos soportado. El escepticismo era nuestro mayor mecanismo de defensa en un mundo que nunca nos había regalado nada. Aunque de vez en cuando, en las noches de vino y más vino, nos entregábamos sin ser conscientes una licencia para soñar. La resaca siempre se despertaba vacía, pero un pequeño brillo azoraba ya en nuestros espíritus. La sonrisa se nos escapaba sola, era inevitable. No nos creíamos nada… pero queríamos creer.

Fue de repente cuando llegó El Día. Las llaves se nos fueron entregadas una por una. Se nos fue buscando uno a uno en nuestras antiguas residencias de portales, cajeros, bancos y bocas de metro. El corazón de la calle, el nuestro, el de nuestra casa, latía con fuerza ese día. El mundo entero parecía una fiesta, pero la gente normal no entendía nada. Ese era nuestro Mundial particular, nuestra única y verdadera victoria. No, aquello ya no era una farsa, el sueño se acababa de hacer realidad: al fin había patria para los sintecho.

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Capítulo 2. Segunda parte

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