Cømo si fuera mío

Entiendo que quieras que no vuelva más, pero te lo ruego, por favor, escúchame una última vez…

Ahora me acuerdo de todas tus indirectas, y no hace tanto que las entiendo. Supongo que por tanto, tanto despecho que te tuve. Yo que le echaba toda la culpa a tu falta de corazón, y no era el corazón lo que te guardabas, era el vacío, ese maldito vacío que lo devoraba todo -y que tú no podías aguantarte más- el que acabó con todo. Solamente había una manera de llenar el vacío y tú lo sabías. Yo no. Ahora sé. Sé que tú nunca dejaste de quererme, y yo aún te quiero. Pero si a veces somos capaces de divorciarnos hasta de nosotros mismos, ¿cómo pretender engañar a la muerte con una promesa que le jura lealtad a la cordura, a lo infinito, a algo que resulta imposible por su misma naturaleza? ¿cómo jurar lo eterno cuando lo eterno se nos escapa? Las cosas siempre degeneran… y degeneraron. Mierda.

Sería el miedo, qué sé yo, lo que me mantenía tan oprimido ese instinto que tanto se apoderó de ti, hinchando tu pecho y tu alma. Además ya las cosas no andaban tan bien ¿por eso se fue todo al carajo tan rápido? Por eso y por la fatiga, tú y yo nos rendimos.

El caso es que yo no pude o no supe, que no fui capaz de dártelo. ¿Pero cómo iba yo a lanzarme a algo tan grande? Si ni siquiera sabía quién coño era yo, si me encontraba tan jodidamente perdido, tan perdidamente jodido. Sin embargo ahora puedo entenderte cada palabra, las reproduzco en mi cabeza mil millones de veces al día como por condena impuesta por el tribunal de la vida, especialmente la de aquella vez cuando, en nuestro último momento, en nuestra última frase, en tu última contestación y palabra que ya no era nuestra, sino sólo tuya, tú me llamaste

cobarde.

¿Sabes? no sé en qué momento me perdí, o si en algún momento he llegado a encontrarme. Dudo incluso de saber quién soy a día de hoy. Pero lo que sí te puedo decir es que sin ti no ha sido lo mismo. Nada ha sido lo mismo, nunca unos ojos sinceros me han prometido tanto con una simple mirada, esa misma que aún mantienes, aunque los dos lo neguemos… te quiero, te quiero tanto… que sí, que ya lo sé. Ya sé que no puede ser. Tampoco es eso lo que pretendo. Yo me resignaré a mi destino sin pelear, ya sabes lo cobarde que soy ¡qué bien me definiste aquel maldito día! Me ocultaré en mi refugio, en mi bucle, haré como siempre hice, como a la hora de nuestra condena, como sigo haciendo sin planteármelo, como espontáneamente me brota.

Autodestruyéndome en mil pedazos y reconstruyéndome luego, como pueda…

Sé perfectamente que tú no puedes, ni quieres -ni debes- romper lo que tienes. Jamás antes te habían dado tanto cariño desinteresado y una promesa tan firme de vida. Esa estabilidad que tanto me rehúye y que le arrebato a quien se me acerque, como un agujero negro llevándose toda la luz…

Ya sabes que yo sigo igual o casi igual -si no peor: siendo un destrozo, un desastre. Ando de chapuza en chapuza, aunando los restos, viviendo a lo justo, rozando una indigencia que por otra parte no me importa. Y es que yo no sé ser de otra manera: para mi desgracia y para nosotros, yo no tengo nada que ofrecerle al mundo ni que ofrecerte ti, que eres casi lo mismo. O al menos, nada que pueda interesarte, nada que te compense o que pueda mejorar en algo tus días futuros. No, yo no pretendo destruir tu vida. Que no, que yo no me estoy confundiendo ni quiero que esto te confunda. No sería justo. Quiero que sepas que no vengo hasta aquí a destrozarte la vida con falsas promesas, por más que en el fondo del fondo y egoístamente lo desearía. No soy tan cínico ni tan sádico como te crees. Ya sé. Sé que mi sola presencia te altera mucho, pero es que… lo siento, no puedo alejarme de ti… porque es que cada vez que te veo… le veo… y le quiero… le quiero tanto…

Ahora te entiendo, lo veo tan claro, te entiendo tarde pero te entiendo… ¡Esto merece de verdad la pena, este pequeño tesorito que pudo haber sido nuestro…

Injusto, egoísta, cobarde, cabrón ¡llámame lo que quieras! lo soy, lo merezco. Lo reconozco. ¡Pero qué le voy a hacer, bonita, qué puedo hacerle yo! si aunque tú tienes un hijo con otro, yo lo quiero como si fuera mío…

-Vete. Y no vuelvas más

(“Nunca le confesaré que el niño al que llevé en mi vientre

durante nueve largos meses es

en realidad

suyo

Aun siendo de otro padre su sangre”)

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