Al-Ándalus (I/III)

2037

Son los primeros años tras la caída del Imperio de las barras y de las estrellas, la que fuera primera potencia mundial, manejando la hegemonía a lo largo de los últimos dos siglos de historia; toma su relevo la República Popular China, un vasto territorio que se hizo a sí mismo a través del trabajo incansable y casi heroico de su gente. Un planeta bilingüe -idioma materno e inglés- comienza ahora a hablar con fluidez el chino mandarín, tras los nuevos acuerdos alcanzados entre China y los países de la Unión Global (UGLOB, organismo sustituto de la ONU, con sede en Pekín) y la consiguiente adopción de reformas educativas que instauraban al mandarín como segundo idioma en la mayor parte de las escuelas de todo el globo. Por otra parte, la influencia ejercida por una potente industria cultural con raíces en el país asiático (materializada continuamente en forma de productos de entretenimiento) ya inundaba al mundo entero con su cine, sus series y sus músicas -y junto a estas, como pack indivisible, también con su lengua y sus cosmovisiones, sus costumbres y su folclore.

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Retrato de Barack Obama. Hui ying Yuga, 2032

Es imprescindible además citar, como pretexto necesario y anterior a esta historia, que los últimos cincuenta años degeneraron en un panorama escalofriante de guerra, destrucción y exterminio del pueblo árabe a manos -a veces desacomplejadas, otras veces ciegas- de los Estados Unidos de América: Siria, Libia, Afganistán, Pakistán, Irán, Iraq, Palestina… fueron cayendo, uno tras otro, tras el fuego y el polvo enemigo. Víctimas de aquel genocidio murieron asesinados más de cincuenta millones de árabes, mientras que la destrucción y la miseria, la contaminación y la radiación, dejaban las extensas zonas que abarcaban aquellos países prácticamente inhabitadas e inhabitables. Como importante es también citar que con la caída del Imperio Norteamericano, sus crímenes pasaron a ser juzgados como se merecían: de forma análoga al tratamiento recibido por los vencidos tras la Segunda Guerra Mundial. Los libros de historia ya hablaban de un Primer Holocausto, el judío, y de un Segundo Holocausto, el árabe; presidentes estadounidenses -especial atención a George W. Bush, al Premio Nobel de la Paz Barack H. Obama, o al nominado para el mismo premio Donald Trump- fueron entonces inscritos por parte de la opinión pública dentro de la misma categoría en la que se encontraban otros personajes semejantes y también dueños de la vergüenza, como Adolf Hitler, Benito Mussolini o Iosif Stalin; por último, los responsables políticos y militares de tales genocidios fueron perseguidos con firmeza por parte de la justicia mundial, gracias a las labores de una institución creada al efecto bajo el nombre de Tribunal Internacional Unificado (o TIU), cuya función principal era la de intentar reparar con las únicas armas posibles y legales -y para muchos insuficientes- del presente a un pasado que se sustentaba en la masacre de unos seres humanos sobre otros por motivos exclusivamente económicos y culturales. El Tribunal ha seguido funcionando desde entonces hasta nuestros días, obteniendo resultados desiguales y no exentos de polémica: decenas de políticos y militares han sido capturados y consecuentemente condenados a cadena perpetua (aunque es preciso decir que la mayoría sigue aún en libertad).

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Irán, 2034

PINTADA CALLE TALININGRADO

Graffiti fotografiado en una calle de Kaliningrado, 2036

 

La nueva patria

El gobierno chino, que comenzaba a tomar las riendas en aquel mundo ya plenamente globalizado, pronto propuso la votación más trascendental en la todavía joven historia del Consejo General de la UGLOB, donde todos los países miembros estaban fielmente comprometidos ante la problemática árabe. En un gesto solidario sin precedentes, se decide por unanimidad -¿y quién podría negarse?- la recreación del antiguo Estado de Al-Ándalus.

BANDERA OFICIAL

Bandera oficial de Al-Ándalus

Contexto: los supervivientes del Segundo Holocausto habían sido condenados al exilio. Formaban un pueblo diezmado, que se mantenía hasta entonces nómada y apátrida, dividido en multitud de asentamientos a lo largo y ancho de todo el globo. Aquella nación sin patria necesitaba ser acogida legítimamente en un nuevo hogar; no en vano, la devastación radiactiva de sus países obligaba a la humanidad a reaccionar, a otorgarles un nuevo espacio dónde poder asentar sus vidas. Es más: ese derecho quedaba recogido en la nueva “Declaración Universal de los Derechos Humanos” (declaración que tuvo que renovarse, vista la poca fuerza y eficacia con la que contaba la antigua, con su consiguiente pérdida de credibilidad general).

La determinación consensuada de localizar la nueva patria árabe bajo las fronteras de aquel territorio hasta entonces conocido como España fue cocinándose poco a poco, y no fue fruto del azar: pues estaba fundamentada en las raíces y reivindicaciones históricas del mundo árabe respecto a la península ibérica. Concederles un antiguo anhelo, esa era la mejor manera de reparar los daños causados y comenzar con buen pie este nuevo mundo que se estaba construyendo con esperanza –no en vano, aquello simbolizaba el gesto más visible de unos nuevos tiempos de Paz que tenían vistas a ser –esta vez sí- definitivos.

PAZ

Mural en la sede de la UGLOB, Pekin

Sin embargo, y como a menudo suele pasar, una cosa son las resoluciones y tratados políticos, y otra muy distinta la opinión de los pueblos a los que estos afectan.

 

SEGUNDA PARTE>

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