Al-Ándalus (II/III)

Tiempos convulsos

A pesar del continuo despliegue de poderosas campañas mediáticas en favor de la resolución adoptada por la Unión Global (UGLOB), una amplia proporción de los españoles1 nunca vio con buenos ojos que se les expropiara de su tierra y sus costumbres, cuestionando con convicción y firmeza una decisión a la que tachaban de “antidemocrática”. Multitud de manifestaciones se sucedieron por las calles de toda Al-Ándalus a lo largo de varios meses, generando una enorme inestabilidad inicial en el nuevo país (las cifras al respecto no están demasiado claras: algunas estimaciones superan ampliamente el millón de manifestantes; otras apenas alcanzan los pocos cientos de miles).

Manifestación_PGR_al_Zocalo_-_43_desaparecidos

Fotografía de manifestantes españoles en Salamanca, año 2041

Por otra parte, pronto se produjo un amargo agravante para los pueblos pre-andalusíes: Los PDR.

En un principio (al menos formalmente hablando) la resolución de la UGLOB no incluía la expulsión forzosa de los antiguos pobladores de la resucitada Al-Ándalus. Pero la realidad se demostraba completamente distinta.

”La bella verdad descrita, tan espléndidamente manuscrita, comprometida y firmada con fervor -¡Y siempre con la mejor de las intenciones!- por parte de los más altos representantes de los países del Mundo Unido, mantenía, sin embargo, un pequeño fallo en sus genes mismos: que era mentira.”

Extracto de “Quejío Amargo”, del periodista y poeta apátrida Yósep Amadobv

La comisión responsable de la Transición Democrática al nuevo país, pronto se vio obligada a elaborar lo que vinieron a llamarse como “PDR”, o Programas de Realojamiento. Estos eran proyectos destinados sobre todo a las grandes urbes del país andalusí, en vistas a la casi inabarcable avalancha de nuevos y legítimos ocupantes, que llegaban imparables y con plenos derechos de ocupación. Dentro de este contexto destacó sobre el “Plan Xiaung”, proyecto de relocalización masivo en departamentos privilegiados de otros países –países antaño “en vías de desarrollo”, ahora ya desarrollados de pleno derecho-.

A causa de los estrictos requisitos exigidos para poder acogerse a este PDR, Xiaung sólo estuvo al alcance de las clases más adineradas: más de un millón de españoles decidieron acogerse a dicho plan. En contraposición, las poblaciones más humildes fueron desplazadas paulatinamente, quedando hacinadas en las periferias. Y es que no existía espacio físico para el alojamiento de todas las demandas: fallaron las estimaciones de una manera estrepitosa, así como las medidas adoptadas resultaron ser insuficientes e ineficaces, generándose varios disturbios que tardaron en ser sofocados.

Debido a la extrema gravedad de esta notable negligencia, los responsables técnicos encargados de elaborar dichas previsiones fueron multados, expedientados, y finalmente destituidos de sus cargos.

 

La situación de los españoles, de mal en peor

Los españoles que permanecieron en aquellas tierras -clases bajas en su mayoría, tras el éxodo de los más pudientes- sufrieron la imposición forzosa de un nuevo modelo cultural, mientras el poder político, abarcando todas las instituciones y organismos oficiales, estaba siendo afrontado ahora por un poderoso Estado autodenominado como “Árabe-Laico”, pero que en la práctica actuaba como “Absolutismo Árabe” –pues se le imposibilitaba alcanzar cualquier ámbito de poder a toda aquella persona inmersa en otros credos, culturas, opiniones o costumbres. Los negocios eran casi en su totalidad reservados para sus nuevos pobladores legítimos; los medios de comunicación y espacios publicitarios eran monopolizados y copados por el nuevo idioma e idiosincracia oficiales; las calles y las plazas eran rebautizadas, y se derruían monumentos para reconstruir encima otros, más acordes con los nuevos tiempos, mientras que los españoles, hacinados y empobrecidos, tenían en su mayoría los trabajos más indignos y precarios; su marginación -se decía- era por “voluntad propia”, al no querer homologarse al nuevo orden, ni querer asumir como propias las nuevas costumbres, ni la visión sobre el mundo que ofrecía el Estado de Al-Ándalus; y si no, “siempre podían emigrar”.

Con toda esta confusión conformando el telón de fondo, surgieron multitud de organizaciones y movimientos políticos y sociales entre los españoles residentes en aquel país. Dichos partidos y asociaciones trataron de luchar por el reconocimiento y el respeto de sus derechos perdidos, siempre por el camino de la legalidad: reclamaban más y mejores oportunidades, alcanzar una existencia digna y el fin de las desigualdades y de las imposiciones ideológico-culturales, en pro de una coexistencia pacífica y mutuamente enriquecedora2. Sin embargo, aquella situación se había vuelto una olla a presión.

 

El surgimiento de “JAMÁS”

“El embrionario ambiente de inherente malestar crece cada vez más -crece a velocidad de vértigo-, arrasando como lavas de tristeza sobre un pueblo empobrecido y marginado dentro de su propia tierra. (…) gente alimentada en los Banquetes Vacíos, rodeada de creciente, insultante abundancia; riqueza inalcanzable para ellos solo por ser quienes eran: esa es la más dolorosa de todas [las miserias]. ¡Pero cuánto se parece este mundo al que venimos abandonando!”

Extracto de “Quejío Amargo”, Yósep Amadobv

La impotencia comenzaba a pesar de manera contundente sobre las espaldas de los españoles, mientras que el resentimiento se volvía cada vez más inflamable, pues cada reivindicación pacífica era marginada, despreciada, o directamente ignorada (tanto por parte del poder político como por los –al menos, para otros asuntos- omnipresentes medios de comunicación mundiales). Los españoles se sentían brutalmente engañados, y de las organizaciones anteriormente mencionadas comenzaron a surgir facciones que apostaban por dar inicio a un proceso firme de lucha armada y revolucionaria.

El germen de la violencia casi siempre nace bajo un mismo patrón: el menosprecio por parte del oficialismo a las grandes manifestaciones de la voluntad popular. Dicho esto, que las reivindicaciones llevadas a cabo por cauces legales nunca llegaran a buen puerto, provocó que, de forma natural, los grupúsculos violentos fueran cobrando cada vez más y más fuerza, impulsados por el fuerte calado que sus discursos mantenían para amplios sectores de los españoles, que, como ellos, querían “recuperar sus tierras” y “expulsar a los invasores”:

“El camino ejemplar de los auténticos patriotas es continuar la lucha sin cesar, no hay tiempo para la tregua; un camino que nos conducirá de nuevo a ser el pueblo soberano y libre que fuimos, somos y seguiremos siendo, como el sol que renace por las montañas tras la más oscura de las noches. Ante la situación de ninguneo y sometimiento histórico que viene sufriendo nuestra silenciada estirpe, tenemos el deber de gritar más fuerte aún, de hacerles frente con la firmeza estoica del miura para asegurar la supervivencia de nuestra raza milenaria (…) Sólo así podremos obtener la salvación para nuestra amada España. Y si durante el camino a la liberación, hemos de empuñar las armas ¡Las empuñaremos sin miedo a la muerte!”

 Arnaldo de Rivera, famoso líder de la resistencia hispánica.

Las tesis del ala radical fueron madurando, y experimentaron un enorme éxito de reclutamiento: un hecho que les otorgó a sus cabecillas la legitimidad suficiente para poder cuestionar los liderazgos internos en los partidos en los que aún militaban. Sin embargo, la naturaleza violenta y revolucionaria de las mismas, fue la clave principal de la posterior escisión; pues la hoja de ruta propuesta por ellos era totalmente incompatible con aquellas organizaciones, de indiscutible e irrenunciable talante pacifista.

Como ya hemos avanzado, los altos mandatarios de los partidos españolistas rechazaban tajantemente los caminos drásticos propuestos por los radicales (que contaban, sin embargo, con un mayor apoyo popular). Se produjo entonces un fuerte enfrentamiento interno que se prolongó a lo largo de varios meses. Los nuevos líderes, por su parte, tachaban a los antiguos de sucumbir con demasiada facilidad a las presiones del poder establecido, y consideraban que “continuar por el camino de la legalidad” ya no era útil para lograr los objetivos comúnes marcados.

Coincidiendo con la enésima muestra de desprecio por parte de un torpe gobierno andalusí, las organizaciones hispánicas quedaron abocadas a su inevitable fragmentación, abriendo camino a la posterior e irreconciliable ruptura: las tendencias revolucionarias decidieron desde aquel momento reorganizarse, unificándose poco después en una entidad política propia e independiente conocida bajo el nombre de “JAMÁS” (organización que, por otra parte, se vio forzada a pasar a la clandestinidad con premura, pues la persecución atosigante que sufrían sus militantes se había multiplicado exponencialmente desde el mismo momento de su fundación).

Los medios de comunicación andalusíes y mundiales comenzaron a hablar entonces de JAMÁS como una peligrosa “banda armada terrorista” formada por “soberanistas españoles exaltados”, generando todas estas consignas, no sin razón, un enorme estado de alarma en el seno del pueblo andalusí (la que sería la primera piedra del potente racismo antiespañol que aún a día de hoy padecemos en nuestras sociedades).

LOGO JAMAS

Logotipo de la banda terrorista JAMÁS

 

1gentilicio: dícese los anteriores habitantes de Al-Ándalus, es decir, de la extinta España.

2extracto del “Manifiesto de San Fernando”, 2042.

 

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