Yo tengo un gozo en el alma ¡GRANDE!

Perdóname, perdóname, perdóname

Repetía obsesivamente Jesús Pedro mientras se masturbaba furiosamente en medio de la noche oscura. Él era virgen. Tenía 29 años. Pertenecía a nosequé secta religiosa cristiana que le prohibía tajantemente el sexo fuera del matrimonio, y sólo con el exclusivo fin de procrear le era permitido hacerlo. Era un ferviente creyente, completamente abandonado a los dictados de su comunidad: todo un misionero de Cristo. No le importaba una mierda ir a contra corriente; pues traía consigo la voluntad divina. Iba a todas las concentraciones en contra del aborto. Siempre que se le presentaba la oportunidad, esgrimía sus para él irrebatibles argumentos: cuestionaba a una sociedad tan vacía de valores, tan hipersexualizada, tan lejana a la fe, tan despreciable. Paradójicamente, le flipaba el reguetón; y cuanto más guarra era la letra, más le gustaba bailarla. Abordaba cada finde las discotecas de moda, en las que se rodeaba de mujeres bellas que apenas podía mirar sin sentirse terriblemente culpable. portrait-2298842_960_720.jpgSin embargo, parece ser que Jesús Pedro había sucumbido a la atracción fatal de una bonita rubia durante una de aquellas visitas a la lujuria contenida, y a ella le atrajo él también –y ambos lo sabían de sobra; esas cosas siempre se saben. La conexión, no obstante, no se vio en ese momento materializada (a pesar de todas las miradas que se lanzaron), pero desde entonces Jesús Pedro cayó enfermo en una especie de extraña obsesión de cabellos dorados que ardería y duraría hasta aquella noche –jugarretas de un destino travestido de satanás. Porque la chica rubia y el misionero cristiano volvieron a encontrarse aquella noche. Y sus miradas se entrecruzaron, y sus labios se sonrieron, y esto les fue animando a aproximarse disimuladamente. Fue ella quien dio el primer paso; él nunca lo hubiese dado

-Yo a ti te conozco

-Yo a ti también

Jesús Pedro tiene novia desde hace 4 años. Jamás en su vida le ha tocado el culo. Si acaso se atrevía a darle algún beso de tornillo en ocasiones especiales, como en Feria o Semana Santa. Era un amor casto y puro. Pero aquella noche… aquella mujer le desmoronó todos los esquemas. De ella le encantaba su mirada, cómo bailaba, sus gestos, su voz, su olor, SU TODO. Sentía una descarga eléctrica cada vez que le buscaba el hombro con la fina mano, acercando la boca a su oído, rozando adrede su oreja con esos labios carnosos embadurnados de rojo carmín. Dice que se llama Eva

Calma, calma. Sólo estamos hablando

Se decía y repetía. Pero Jesús Pedro no podía esquivar a la culpa.

Bailaron un tiempo, jugando animosamente, excitados ambos, como cerdos. Ella se refregaba contra su rodilla como una perra en estado de celo. Jesús Pedro no podía reprimir por más tiempo sus bajos instintos: estaba erecto. Muy erecto. A punto de estallar incluso. Como un volcán harto ya de dominar la ardiente presión de sus corrosivos flujos. Se sentía muy mal por ello… pero lo cierto es que no podía evitarlo. Aquello era superior a él. Aquello era incluso superior al poder de su Dios. Era incapaz de pensar con claridad. Permanecía bailando como atontado, como aturdido, hasta que de repente ella se lanzó a sus labios. Jesús Pedro quiso apartarse, pero el demonio se había apoderado completamente de su alma. Eva le cogió de la mano, y como quien lleva un pony tirado por una cuerda, se lo llevó mansamente al cuarto de baño de chicos. Luego cerró la puerta con pestillo. Entonces le agarró fieramente del cinturón de un cuero ya desvencijado y vencido, tal y como estaba él; tiraba de él mientras le besaba, mientras le hipnotizaba con su bella naturaleza prohibida del sabroso y caliente pecado original

-Me encantan los chicos sumisos

-…

Él ya no era el dueño de sí mismo, era poco más que un animal. No sabía ni qué estaba haciendo. Se dejaba hacer. Ella le bajó la cremallera del vaquero, y automáticamente asomó el cabezón púrpura de su miembro infrautilizado, que no tuvo más remedio que salir a la luz enlatada y tenue de un falso sol nocturno y vibrante. Jesús Pedro apuntaba hacia la bombilla con su falo tieso, anunciando el advenimiento de Jesús al sofocante infierno del placer prohibido. Ella se puso de cuclillas, y se lo metió entero en la boca. Él soltó un largo gemido de gozo. La puerta sonó: “toc toc toc.” Él despertó

Dios, dios… ¡Pero qué estoy haciendo!

El Señor le volvió a iluminar con su luz, y fue esa luz divina y cegadora la que empujó a la chica de mala manera a través de su brazo, apartándola de su desconcentrado placer. Y sin prestar atención al desconcierto generado en la muchacha, salió del cuarto de baño corriendo a toda leche –nunca mejor dicho, teniendo en cuenta la pequeña mancha que se alargaba en su pantalón raya abajo. Esquivó como pudo la marabunta de gente y salió, sudando, rojo, de la discoteca. Todavía guiado por el diablo, buscó ansiosamente un lugar apartado y oscuro, y lo terminó encontrando en un rincón perdido del parque. Y el resto ya lo sabéis

¡DIOSSSSSSSSSSSSSSSSS!

Se sacó un kleenex de su bolsillo y se limpió los restos de su pecado. Lo arrojó al suelo con desprecio y se marchó cabizbajo y avergonzado de la escena del crimen hacia su casa. La culpabilidad le estaba devorando sin piedad: solamente era capaz de pensar en llegar a la cama y en acostarse, en desaparecer cuanto antes del planeta tierra, en desprenderse de su consciencia… “¿y mañana?”… mañana ya será otro día. Lo único cierto de todo esto es que, lejos de aliviarle, masturbarse agitó la presión asfixiante que tanto sentía, transformándola en una pesada cruz sobre sus hombros que ahora era capaz de transferirse desde su pene a su mente -esa mente tan comprometida y siempre tan sobria, y tan devota siempre… y tanta crucifixión para nada. Pero…

Mañana a primera hora iré a confesarme sin falta.

…aún le quedaba el perdón. pray-1359099_960_720

Las hormigas no tardaron mucho en invadir ese kleenex sucio. Sus no-hijos, sus posibles fetos, estaban siendo devorados por aquellos pequeños insectos. Será ese mejor destino para sus vástagos que morir en un plástico asfixiados tras el cálido abrazo del éxtasis, debiera de pensar su Dios. Y es que Su Dios no tolera tener competencia: el gozo será en el alma, o no será.

 

 *  *  *

-Rece diez mil padres nuestros y veintisiete millones de ave marías

-Gracias padre

Amén.

Img de http://www.animalpolitico.com/blogueros-el-congal-postapocaliptico/2011/03/18/es-mi-cuerpo-y-lo-alimentan-con-atole/

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