Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva

“Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen” –una verdad incuestionable para Nacho, revelada por su dios y por su tradición –él es de familia nacional católica-, pero además, también porque lo dice la ciencia –que es sagrada sólo algunas veces. O más bien, digamos que fue una verdad incuestionable hasta el momento en el que el Totalitarismo LGTBI, perfectamente organizado e infiltrado en el mundo terrenal, hizo mella en su razonamiento divino. Como él es un chico letrado e inteligente, justo después de producirse aquel suceso que saqueó sus valores cristianos –suceso al que nos referiremos a continuación, os pido un poco de calma; como decía, justo después de lo ocurrido, y para asegurarse del todo de que, efectivamente, los hombres tienen pene y las mujeres vulva, Nacho consultó la Sagrada Biblia en busca de las citas exactas que desmontaran la conspiración del diablo, entidad homosexual, cornuda y roja que trata de confundirnos continuamente con sus mentiras. Cierto es que no llegó a alcanzar ni siquiera la página tres… pero en realidad, ¿quién necesita leerse todo ese TOCHACO? Nacho confiaba en su fe y en la palabra de los suyos. ¿Cómo iban ellos a engañarle?

Pero sí, aun así todo su mundo se tambaleó aquel día (o más concretamente aquella noche) por culpa de un instante que no le deja pegar ojo (con la única excepción de aquella noche primera, claro), y es por eso que lleva todavía colgada del cuello a su amiga la neurosis, término que se utiliza para referirse, científicamente hablando, a ese pequeño demonio que, sobre su hombro izquierdo, ahora danza y se descojona del angelito asustado que llora desconsoladamente sobre su hombro derecho.

Y bien, fulminemos de una vez por todas la expectación innecesaria: ese tan terrible, terrible suceso del que ya hemos hecho mención ocurrió como sigue, tal y como citaré en las siguientes líneas. Líneas que relatarán un acontecimiento complejo, un trauma, un compendio de sensaciones y de pasiones tan encendidas como contradictoras. Líneas de cal viva sobre herida craneal abierta. Líneas que atraviesan la médula espinal de todo creyente de cristo, llorando, abriendo de dolor sus brazos en forma de cruz penitente. Líneas que aparecerán escudriñadas a continuación, justo ahora, escritas nada más terminar con este párrafo que va acabándose. Paciencia, paciencia… Ya, ya termina. Ya no queda nada. Bueno, eso de nada… sólo es un decir. Quiero decir que queda poco. Ahora todavía menos. Que no quisiera yo entreteneros con verborrea inútil. No es mi intención alargar esta historia con más de lo que es estrictamente necesario contar. Hay gente que estira las historias como si fueran un chicle. Estiran sin contar nada nuevo, tan sólo por adornarse. Qué va, yo no soy de esos. Parafraseando al gran Eduardo (Eduardo Galeano, por supuesto): “Es preciso acabar con la inflación palabraria”. La gente ya no tiene tiempo; los pases, cortitos y al pie, por favor. Bueno, que lo dicho. Que no os robo más minutos. Como se suele decir: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Bien. Vale. Ok. Voy directo. A tope ya. Ahora sí que sí. Lo siguiente fue lo que pasó:

 

EL SUCESO (THE SUCCESS)

Nacho se levantó bastante temprano aquella mañana, porque como Nacho, todo el mundo sabe que Al que madruga, Dios ayudará. Después de ir a misa y a clase de Contabilidad II, Nacho se unió a la multitudinaria congregación de fieles que se manifestaba en zona céntrica por el amenazado derecho de los niños a tener picha y de las niñas a tener chocho –claro que él no utilizó esos términos tan soeces. Compartir es vivir, dijo un sonriente Nacho cuando le reclamaron su gran rotulador verde para elaborar el eslogan de una nueva pancarta de cartulina frente a la mano estirada de aquel vagabundo que, tras escuchar aquella frase, se había sentido aludido, pero no, qué sé yo, será porque su pancarta (“TENGO ANBRE”) llevaba faltas de ortografía, y por ahí Nacho (todo un Grammar Nazi, supongo) no pasa. En fin: unos gritos por aquí y por allá reivindicando a la familia tradicional entre banderas de España y algún que otro pollo, el Espíritu Santo ya hinchado de gozo, la procesión por la libertad amenazada de los católicos se había terminado y a Nacho le apetecía ahora una birra, una que fueron dos, dos que fueron dos mil, y sin saber cómo fue, la noche había devorado al día y sus amigos se habían marchado todos a dormir la mona o a potar amarillo sin despedirse. O quizás sí se despidieron… pero él no se acuerda bien. Nacho iba dando tumbos por las calles de todos los gatos pardos en busca de otro bar o similar donde poder cobijarse, y en estas que se cruza por su camino la sombra de una mujer. Nacho observa la enigmática sombra al óleo negro que se le acerca, que va volviéndose cada vez más y más nítida, hasta que adquiere definitivamente las formas y curvas de una tremenda mulata –metro noventa (aprox.) de todos esos atributos que los hombres suelen apreciar a la hora de curar el fuet

-Dónde vas tan solito aeh’tas horas, mi amol. –le dice tremenda mulata, con una voz grave y dulce.

A ti tesschtaba yo bushcando, ¡GUAP-PA! –contesta borracho Nacho.

(aquello le salió del alma, un alma habitualmente reprimida por las doctrinas y su timidez; pero el alcohol, ya se sabe, habla solo, y libera todas las bestias)

Tremenda mulata le agarró del brazo cariñosamente, y caminaron muymuy juntos por varios minutos. Iban hablando (y calentándose) por el camino, aunque Nacho es incapaz de recordar ahora sobre qué: él sólo recuerda las carantoñas. Y la erección. Su corazón latía como si llevara dentro a Jumanji, después a Mayumaná –que pronto se transformó en una larga concentración de batucadas-, luego el Carnaval de Río al completo, incluyendo a todas esas brasileñas bailando samba medio desnudas en el Sambódromo de sus Ventrículos –miles de millones de microscópicas tremendas mulatas saltando y brincando en su corazón y adorando en ritual de percusión a la Nueva Gran Diosa del Eros, que agarraba con su coño-mano en la noche a este cristiano afortunado, ahora pagano y apóstata. Pumpumpumpum, o el corazón estallaba o se le escapaba volando del pecho. Y bueno, tampoco hace falta ser muy listo para intuir lo que pasaría poco después. Al final de una calle estrecha y sin salida, justo detrás de dos contenedores grises, Nacho y tremenda mulata comenzaron a devorarse. Nacho no podía creerse la suerte que estaba teniendo. Él no solía tener demasiada suerte con las mujeres, aunque hay que decir también, por no contar verdades a medias, que tampoco es que Nacho pusiera excesivo empeño en el arte del ligoteo –a pesar de su efervescente juventud, y de los imponentes estímulos visuales del día a día de su facultad. Siempre se ha considerado bellísimo, un anzuelo irresistible para las féminas, el hecho de que picaran sólo era cuestión de tiempo… y en cierto sentido, no se equivocaba: acababa de pescar un tiburón. Y aún no sabía hasta qué punto. Las divinas manos de tremenda mulata desabotonaban la camisa de Nacho, su lengua lamía su pecho y fue bajando, bajando, bajando. Nacho se apresuró a desabrocharse el botón que aprisionaba la bragueta antes de que saliera disparado por cuenta de la presión, asesinando como un perdigonazo en el rostro a tremenda mulata. La cremallera abajo, el hurón peludo salió de la madriguera y entonces… llegó el ÉXTASIS –con unos labios gordos que lo iban maquillando de rojo carmín y una lengua que borraba todo rastro de carnaval con saliva. Luego, ya con el pene hecho un arcoíris, le tocó el turno de tocar a Nacho, que temblaba en deseos lascivos, respirando fuerte, fuerte, jadeando. Lo primero que hizo fue sacarle una teta a tremenda mulata ¡Tremendo pecho! un balón de baloncesto, operado sin ninguna duda. El pezón era un imán poderoso que fue directo hacia su boca mientras ella gemía, caliente, caliente. Y entonces LLEGÓ EL INSTANTE. Todo ocurrió muy rápido. Tremenda mulata se apartó, y se subió el vestido… y una enorme polla negra casi parte en dos a Nacho: AHÍ ESTABA EL TIBURÓN (a su lado, su hurón era casi invisible, el vacío, la nada). En ese momento hizo aparición el horror, el espanto, la católica parálisis, incluso un imponente complejo de inferioridad comparativa… pero Nacho seguía sintiendo excitación. Qué extraño. Él no era homosexual, luego sólo quedaba la posibilidad de que tremenda mulata fuese una mujer. Pero aquello que colgaba no parecía ser una vulva “¿Acaso las mujeres tienen ahora macropene? ¿Acaso ellas tienen más pene que yo?” Algo no marchaba bien, Nacho estaba harto confuso, cortocircuito en su cabecita borracha, torbellino en pleno centro de sus certezas inamovibles. La verdad de lo absoluto se desmoronaba como un castillo de naipes, el lóbulo prefrontal era ahora un flan, Nacho se había perdido en un laberinto de hurones y de pollas negras, lo cual le hacía sentirse incluso más cachondo aún… pero qué desastre ¿qué clase de creyente era él?

-¿Te pasa algo, mi amol?

-¡ATRÁSCH, ENGENDRRRO DEL DEMONIO! ¡¡HIP!!

Los dos dedos índices de Nacho se alzaron formando una cruz improvisada, y ese crucifijo de carne estuvo apuntando con firmeza en dirección a tremend@ mulat@ mientras él retrocedía poco a poco, entre andares de pingüino, alejándose de aquella cara ahora pálida como la tiza. Ella, boquiabierta, no podía salir de su estupor, aún con un pecho fuera y el nardo colgando y todavía tieso; él, ya a bastante distancia de ella, deshizo el crucifijo y se agachó para subirse los pantalones y salir huyendo de aquella escena entre dantesca y kafkiana, anhelando retroceder en el tiempo o reformatear su memoria y olvidar la diabólica trama, esfumarse de una puta vez de aquel lugar, TRAUMA, TRAUMA, TRAUMA. Nacho trotaba, sorteaba el frío de la noche como podía, trataba de surfear también sus contradicciones corriendo, corriendo, refugiándose en el no-pensar del no-parar de su cuerpo y concentrándose en la respiración constante y en el vapor de los cigarros que el invierno iba exhalando a través de su boca; pero las olas del diablo le abarrotaban, le devoraban. Completamente perdido y hundido, se ahogaba sin tregua en un mar de dudas, sufría su cuerpo y su espíritu: TETAS GRANDES y POLLAS NEGRAS. TETAS NEGRAS y POLLAS GRANDES. NO SOY MARICÓN. UN MOMENTO ¿LO SOY? Nacho estaba perdiendo la batalla contra sus demonios –su casa, ahora sólo le quedaba su casa, perderse en su refugio, cálida seguridad… y Cristo. En cuanto llegó al hogar, lo primero que hizo fue agarrar la Santísima Biblia; la abrió y comenzó a leer –Génesis 1, “En el principio, creó dios los cielos y la tierra…”. Todavía jadeante, todavía perdido, trataba de exorcizarse buscando respuestas en la palabra del padre, el consuelo de un santo profeta luchando y venciendo tentaciones y tiburones trans, el reconfortante abrazo de algún versículo que le indicara el camino de vuelta al rebaño, pero la borrachera y las parábolas formaban un cóctel narcótico perfecto. A los pocos minutos, Nacho estaba ya tieso y roncando como una rana. Soñó con los angelitos y con la virgen María. Esa fue la última noche que Nacho pudo dormir. Y esto fue lo último que él leyó:

“Y de la costilla que dios tomó del hombre hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona.”

 

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EL PRESENTE, THE PRESENT (RIGHT NOW)

La afirmación “Dime cuáles son tus gónadas y te diré quién eres” se volvió pregunta. La duda era un monstruo desmesurado que apenas cabía en el cuerpo de Nacho. Todo un campo de virtudes y de mandamientos se secaba, se quedaba yermo. El joven cristianísimo miraba al cielo, y ahora sólo veía nubes. Su identidad, hasta entonces cristalina y pura, se difuminaba junto al Universo. Los Castillos y las Iglesias eran sólo las ruinas de lo que fueron una vez. Los ojos de Nacho estaban coloreados de un infinito rojo infierno. Llevaba días desbordado, sin poder dormir, desesperado, acabado, medio muerto, ahogado entre las lágrimas que expulsaban de su cuerpo la fe, sudando y sudando sus poros y sus lagrimales la fiebre definitiva. Nacho pensaba casi todo el tiempo en tremenda mulata. Apenas podía sacársela de la cabeza ¿La amaba? No… eso no podía ser. Menuda aberración. Seguramente no la volvería a ver, y eso era algo que él deseaba con fuerza –pero en el fondo le desgarraba por dentro la idea. Nacho, alma en pena, pena con patas, surcaba sin surcar la calle con tal de alejarse del jodido techo de su habitación, que tan severamente le estaba juzgando. La verdad y la mentira eran ahora casi la misma sola cosa; para él, ya nada tenía sentido ¿o quizás el único sentido fuera precisamente la nada? Si las mujeres podían tener pene, el hombre podía ser homosexual de forma natural; y si él podría llegar a amar a una mujer con polla, entonces ¿existiría siquiera un paraíso? Y dios ¿será un amigo imaginario –enemigo de la libertad? Sus ideas, hipertrofiadas, reventaron definitivamente. La bomba atómica masacrando en sus adentros, un big bang a la inversa ¡BANG!: sin fuerzas, Nacho cayó de bruces al suelo, completamente desfallecido, pero consciente. Como no había nadie alrededor, sin ojos ni brazos preocupados que le elevasen, Nacho permaneció tumbado en el asfalto –sus ojos cerrados, su labio sangrante- y a punto estuvo de quedarse dormido; pero su mente, enferma, cautiva, no se lo permitió: hizo reaparecer a tremenda mulata –su pezón enorme y su polla grande y negra fueron a verle. Y a importunarle de nuevo. No. No ¡NO! ahí estaba de vuelta la guerra que le había declarado la realidad. Estaba muy cansado de intentar mantener en galope a su cruzada inútil e inoperante, y a punto estuvo de rendirse y de entregarse al enemigo… pero antes, desesperado, quiso intentar otra cosa.

Ya de rodillas, Nacho cerró los ojos, juntó las palmas de sus manos y se dispuso a rezar el último de sus auxilios

“Padre, me perdí. Y ahora no sé quién soy. Busco tu comprensión, puesto que yo ya nada comprendo. Pero creo que tú tampoco quieres comprenderlo. En realidad, si te soy sincero, tampoco estoy muy seguro de saber quién eres tú ¿Acaso eres? ¿Existes? Si tú eres una mentira, entonces yo también lo soy. Construí toda mi vida en torno a lo que me contaron de ti, y ya no sé si me creaste tú… o si fui yo quien te cree. Pero creer que estoy hablando contigo me hace sentir que no estoy tan solo en este mundo, que no estoy tan jodidamente perdido, que existe un sentido, un propósito… ¡No quiero que me abandones, padre! No quiero creer que sólo fuiste un impostor. Yo ya no sé si creo en ti, pero créeme: quiero creer. Señor, por favor, si existes ayuda a esta oveja descarriada a recuperar su camino al redil. Misericordioso padre, te lo pido de rodillas y por última vez… ¡DAME UNA RESPUESTA!”

Nacho abrió entonces los ojos y levantó la vista del suelo para localizar el milagro de una respuesta del padre. Miró hacia el cielo y ninguna luz celestial emergió de entre las nubes, pero en la pared de la izquierda pudo leer lo siguiente:

La Palabra: verdad o mentira que habita en el intelecto

El Acto: lo que hay de verdad en la palabra

inAcción aPoética

 

Nacho sonrió, y su alma también lo hizo, pues interpretó la pintada como una señal de los cielos –claro que la interpretó a su manera, y quiso llevarla a la práctica. Fue entonces cuando decidió alistarse a la Marina del Voto de Silencio. Las resistencias de sus entornos –tanto familiares y amigos, ya fueran cristianos, ateos o agnósticos- poco pudieron hacer; su voluntad, la de dios, era pertinaz y firme. Y es por eso que Nacho es hoy monje de clausura.

No obstante, sigue sin poder dormir.

 

 

 

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