Arrebatos

Era la típica pareja que no puede vivir sin un conflicto constante. Los arrebatos son, quizás, los sentimientos más reales de entre todos los que existen: todo el cuerpo lo siente dentro y da fe, cada órgano es partícipe y se eriza, o se enciende en puro fuego. Pero el problema que los arrebatos tienen es que son tan reales como efímeros, tan volátiles que, de un momento a otro, todo el terreno ganado a la mar de la angustia se inunda de nuevo, o, sin inundarse, pierde todo su sentido: son como el caos, huidizo y contradictorio. Quizás, qué sé yo, fueran adictos a eso, a la adrenalina de ese sentimiento bélico tan real como la propia guerra, ese crujido que les quebrantaba atándolos de nuevo a la realidad de la verdadera vida, que les hacía sentir de verdad su chispa, sentirse de verdad VIVOS. Puede que para ellos no tuviese razón ni sentido el amar sin la presencia constante de su contrario, sin el recuerdo permanente de la pasión opuesta, como si debieran pisar los fangos para poder valorar de nuevo la consistencia de la tierra firme. O puede que detestasen la solidez, que gozaran al sentir la contradicción del barro hundido en torno a sus cuerpos trémulos y hacerse y hacer tanta sangre. Puede que fuese una válvula de escape adiestrada en los años, una reacción ante tanta represión en el mundo externo a ellos, o quizás ante la insoportable luna de una vida conjunta sin ya más luz que el reflejo del sol en sus cuerpos rechonchos y ajados. También puede ser que imitasen lo que el mundo más les daba, que el mundo dictara desde sus cloacas inmensas esa inmunda personalidad… o puede que fuese por todas estas razones a la vez, o por ninguna de entre todas ellas.

En cualquier caso:

Los dos comulgaban cada día con su destructiva fe, renovando religiosamente los votos de su imborrable adicción belicosa, renunciando a cualquier castidad o castigo de un dios que no fuese ellos; y así, como si animales fueran, ellos se dejaban arrebatar por sus más básicos y enraizados instintos primates, surcando las hostiles marejadas de la visceralidad, ciclones y remolinos que se manifestaban en forma de nuevas riñas, tan a menudo enlazadas a la penúltima tormenta que se dieron como bofetadas de voz de azar. Claro que luego, tarde o temprano, siempre acababan envueltos y revueltos en los lascivos y no menos violentos sabores, olores, calores, sudores y sábanas que se empapaban entre la más apasionada de las reconciliaciones, tanto o más apasionada como lo fuera la pelea misma, y en la que ellos daban rienda suelta a su cálido y chirriante delirio, siendo vapor, vapor prisionero que huye a toda prisa de la olla a presión que los contiene dentro. Explotaban, firmando el armisticio más placentero y puro y a su vez mentiroso que existe.

Ajenos a todo pronóstico, ellos fueron pisando juntos todos sus años, meses y días peleando y discutiendo, odiándose y mordiéndose y sin piedad triturándose –y amándose, también amándose-, agarrándose a la vida con los dientes afilados, aferrándose de esa manera tan particular y tan extraña que no todo el mundo comprende. Una relación destructiva y autodestructiva; especial, qué duda cabe; y qué duda cabe también que sólo era capaz de resistirse gracias a una naturaleza compartida y adicta a ese dolor; de lo contrario, al menos para uno de ellos, precario de un corazón en calma, aquello sería como vivir en la tierra un infierno: porque así viviendo, a quien busque la paz… nada le llenaría, nada le compensaría.

Al final de los caminos, puede que ya agotados de toda esa destructiva pasión, les llegó la hora de abandonar nuestro mundo. Puede uno imaginarse lo último que se dijeron, yaciendo en camas separadas pero contiguas de un hospital precario, conectados a mil millones de máquinas que los mantenían latiendo unos últimos instantes:

ya sin apenas aliento de vida, ellos disfrazaron de insulto sus últimas palabras.

Pero al suspiro siguiente, en el silencio que se los llevaba consigo al aire del tiempo infinito, ellos se cogieron fuertemente de la mano, arrugada por la inapelable erosión de los calendarios ansiosos, y se fueran de este mundo juntos, unidos, agarrados, fundidos, arropados, aferrados el uno al otro, tan enamorados y tan guerreros como el primer día.

Y sólo así podría haber sido ¿o es que ellos podrían haber escogido otra forma distinta de irse? ¿qué otra manera tendrían de sentir los suelos de este mundo sin poder respirar el oxígeno que en forma de guerra espiraba el otro, con especial dedicatoria a su amor guerrero? Se fueron a la vez porque, a pesar de ese aparente odio que los enfrentaba en un combate eterno, sólo juntos tenían sentido.

Y juntos murieron, en pie de guerra, juntos, en su última batalla, respirando lo que más les gustaba, el fuego y la pólvora, tierra quemada, siendo los motivos, sus únicos motivos para estar aquí, para vivir y para morir

Porque sin combatiente, no hay combate; y en esta madrugada, nadie venció. Tampoco perdió nadie; ellos se retiraron juntos. La vida (y la guerra) acabó en empate. Si hay un mas allá… que se preparen.

 

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