La cabaña

Se levantó como un resorte, y antes de que se diera cuenta, ya estaba caminando hacia la cabaña donde la profecía decía que iba a morir. Pasos autómatas lo guiaban hacia su terrible destino, mientras que su trémula consciencia apenas podía rebelarse ante la tremenda fuerza de aquella llamada invisible –ese desenlace que llevaba tatuado en sus entrañas desde el mismísimo día en el que vendió su alma a la oscuridad.

No obstante… algo en él afloró –¡un suspiro, una chispa!-, y le hizo reaccionar de alguna manera.

El contacto visual con la cabaña retumbó en su cabeza como un terremoto intenso, como una alarma. En ese momento se percató de que hasta entonces había estado profundamente dormido, de que su cuerpo estaba siendo guiado por fuerzas profundas e incontrolables –y no por él. Se sentía agotado, pero ya estaba totalmente despierto, ¡al fin despierto!; y ahora, consciente, podría volver actuar a voluntad.

Viendo a la cabaña a tan escasos metros, dio media vuelta con premura para huir de una vez por todas de su destino… –si es que aún le quedaba tiempo, si es que aún le quedaban fuerzas. En el fondo, estaba completamente atemorizado. Temblaba. Se repetía a sí mismo “idiota, idiota… has estado a punto de caer en la trampa”.

A medida que se alejaba de aquel lugar, se iba tranquilizando. Sin embargo, cuando alzó la vista de esos suelos que le iban separando paso por paso del camino hacia la cabaña, observó que la oscuridad estaba justo delante de él, apoyada en una farola, fumándose un cigarrillo, riendo, mirando, esperándole. “No puedes escapar de mí”, le dijo la oscuridad.

El hombre se sintió más fatigado que nunca; apartó la mirada de la oscuridad, y sin perder un solo instante cambió de rumbo, huyendo de nuevo de ella… pero la oscuridad volvió a aparecerse frente a él; y ahora, estaba todavía más cerca. “Es inútil que te resistas”, volvió a decirle la oscuridad.

Girase adonde girase allí estaba la oscuridad, presente, observándole, llamándole, exigiendo cruelmente sus derechos sobre aquella alma. Él estaba rodeado de negrura, la tierra firme se apagaba, la realidad le había vencido; solamente le quedaba una salida posible: el cielo.

Entonces comenzó a elevarse en línea recta, como un cohete –rápido, rápido- hacia las alturas celestes… pero la oscuridad le seguía de cerca. “¿Aún no te has dado cuenta que no tienes nada que hacer contra mí?”, reía ella con malicia.

El condenado mantenía aún cierta ventaja sobre la hambrienta oscuridad; pero la oscuridad era tozuda, y no iba a cejar en su empeño de llevarse el alma que le correspondía. El hombre también era tozudo, su esperanza seguía latiendo… ¿pero acaso en algún momento se cansaría de perseguirle aquella muerte?

Avanzó y avanzó el condenado por el firmamento hasta que la esfera celeste comenzó a teñirse de azul marino, y el mundo que quedaba a sus pies como una bola inmensa de vida se empequeñecía –más y más, más y más. La oscuridad –siempre presente- seguía ascendiendo a sus pies, y le miraba con ardoroso deseo y una media sonrisa en el rostro.

Comenzaron a aparecer las estrellas sobre la cabeza del hombre, mientras su cuerpo se iba llenando de una especie de escarcha helada. Sentía cada vez más frío.

La oscuridad seguía tras él, y él notaba cómo su cuerpo se endurecía poco a poco. No sabía cuánto tiempo más iba a poder aguantarlo. El azul del cielo se iba apagando…

apagando, apagando, apagando.

Entonces, a cierta altura, comprendió que nada podía hacer por escapar de la oscuridad: pues al mirar hacia arriba, observó que el universo real era oscuro, y que lo celeste sólo era el efecto secundario de un sueño de infinitud. Se percató de que estaba escapando de la oscuridad yendo directo hacia ella. No… no tenía escapatoria. No… –apenas podía tiritar, aunque el frío le era insoportable.

La oscuridad estaba en todas partes, esperándole inmensa arriba, persiguiéndole desde abajo; tan sólo le quedaba entregarse a ella con dignidad. Entonces, mientras miraba a una gran estrella brillante como quien mira hacia una esperanza, su cuerpo quedó completamente petrificado por el frío más terrible de todos, y en ese momento cayó en picado de nuevo hacia la tierra que le vio nacer, mientras la oscuridad se quedaba arriba, observándolo fijamente…

 

El impacto contra el suelo le hizo elevar el tronco de la cama. Sonaron de nuevo los pitidos agudos y constantes. Él seguía sobresaltado, respirando agresivamente como un perro agotado por un gran esfuerzo. Sus músculos se tensaron; su vista, todavía turbia, se bañó de la blanca claridad que entraba por una ventana grande: acababa de despertar del coma.

 

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