SEX en el siglo XXX. II Tú eres mi único aquí

Morena… ¡qué morena!, vestida escueta y ligera, con ropajes de un ceñído cuero negro que se funde y se confunde con esa piel tersa de oro: una voluptuosa diosa de ébano. Sus ojos son almendras inflamables; su mirada, centellas verdes y profundas, más de gata que de humana. Esos ojos gatunos están al acecho, arden, se expanden, se contagian; todo lo incendian. Sería imposible describirlo si no es diciendo que todo obedece a los deseos más íntimos y profundos de cada uno.

-Guapo, ¿Quieres un baile? –De reojo llegué a mirarla, y se me resbaló una sonrisa pícara que me delató, pero no contesté siquiera–. Vente conmigo, guapetón –insiste

Su sonrisa me paralizó el camino; su mirada me hipnotizó sin remedio. Sin embargo su persuasión no había hecho más que comenzar

-Aquí dentro vamos a pasarlo en grande… si tú quieres

-¡Claro que quiero! Pero no tengo dinero. Soy un ser viviente muy, muy pobre –bromeé nerviosamente, quizás algo histérico, pero lo cierto es que no quería (o no podía) pasar de largo. Mi camino, hasta entonces a ninguna parte, se frenó en seco sin preguntarme siquiera. Como si mis pies varados me incitaran a encontrarlo aquí y ahora… en ella

-¡JA! Pues es una lástima. Me gustas…

-Y tú a mí.

-Esto no suele pasarme. Normalmente no me encapricho con nadie. Pero quiero que sepas hasta qué punto me gustaría poder montármelo contigo…

En ese momento la diosa decide balancearse, me lanza un beso, me guiña un ojo… ¿pero qué… es… eso? Es PURA MAGIA. Sin duda, sabe cómo hipnotizar a los hombres

-Eres muy guapo –me dice-. ¿Nunca te lo han dicho? –pues no-. Seguro que sí. No sabes cuánto me pones. Me derrites

-A mí… también tú. Mucho –dije con timidez. Era consciente de todo el cinismo que encerraba aquello. Pero confieso que el juego me excitaba

-Anda, vente conmigo. Entra para que podamos tener un poquito de intimidad… ¡Seguro que algo de dinero tienes, guapito! –me guiñó un ojo de nuevo y volvió a sonreírme con esa sonrisa que mata, liquidándome de verdad: prendiéndome el sexo de fuego. En el fondo, sabía que ya estaba perdido

-Pero… ¿qué me ofreces? ¿tan sólo un baile? –le dije con todo el descaro-. Si yo entro ahí contigo, es para poder probarte de verdad

-Entra y nos probamos. Juntitos, muy juntitos. Cuerpo con cuerpo, los dos calentitos…

-No me engañes, ¿vamos a follar o no?

La obscenidad se me escapó sola de los labios. Algo incontenible en mi subconsciente me había traicionado, mientras notaba el ardor de mis pómulos avivados por un abanico de vergüenza

-Sí –contestó ella escuetamente

-¿Seguro? Me engañas… –sabía que me estaba engañando; pero sabía tan bien, que me daba lo mismo. Tampoco es que me dejara pensarlo mucho: cada una de sus palabras me aturdían. A conciencia

-Vamos a jugar, cariño. Estoy impaciente… mmmmmmm… –gemía sólo por y para mí-. No puedo aguantarme más… –me dijo mientras cerraba los ojos e introducía la yema de sus dedos por el ceñido pantalón de cuero hacia mis incontenibles deseos de pago

“Yo tampoco puedo aguantarme más”, pensaba sin pronunciarlo.

Ahora imagino mi cara bobalicona, la baba colgante de la comisura de mi boca. Pero a pesar del lamentable espectáculo que soy, ella insiste, plenamente consciente de su poder sobre mí

-Estoy muy mojadita. Me has puesto muy, pero que muy cachondita. Dime cariño, ¿no estás cachondo tú también? –no pude ni contestarle. Me faltaba el habla. Me salivaba la lengua mientras se me secaba la boca ¿cómo es posible sufrir semejante contradicción? Luego añadió –marca mi extensión cariño, y seré toda tuya.

-No sé…–dudaba ahora en voz alta-. No sé…

-¡VENGA! Vamos ricura, anímate. No puedes dejarme a medias –yo seguía sin decidirme, pero ella cambió de tono y me enfrentó de pronto a un ultimátum-. Mira, si no quieres nada no me engañes ¡Pero si quieres, tiene que ser YA!

-…

***

Continuación AQUÍ

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