SEX en el siglo XXX. III ¿Por qué no puedo salir de aquí?

Y aquí me tiene, dudando patéticamente sobre la locura que estoy a punto de cometer, y que en el fondo ya he cometido. Y sin embargo soy incapaz de actuar, atenazado por millones de Pepitos Grillos silbando mientas repaso lo que ha pasado para poder decidirme. Busco abrazarme en algún argumento de peso que descargue mi mala conciencia y que en el fondo puede que no exista; o al menos, busco una bonita mentira. No sé… ¿qué harías tú? Yo sólo sé que esto no está bien; pero también sé que ya no tengo alternativa. Quizás sólo necesite reposar mis angelitos, mandarles a la cama mientras que emerge poderoso mi demonio más oscuro y perverso, pero es un tiempo que ella no está dispuesta a concederme. La diosa mira su reloj con impaciencia repentina, recalcando en una mueca desagradable que se está acabando mi oportunidad. El despectivo gesto de su muñeca, antes dulce, denota urgencia y prisa y me hace sentir culpable y vacío. Siento dentro que la pierdo para siempre, que se marchará de mi lado hacia los brazos de algún otro cliente más decidido que yo, y por el que no sentirá nada en absoluto. Un gordo seboso, un viejo apestoso y decrépito y con el pene arrugado como una pasa, que se introducirá en ella sólo por el dinero, y ella aceptará por puro reflejo laboral ¡pero sin rastro de esa conexión inesperada que los dos sentimos y que ahora sé que sinceramente nos une! Qué asco me está dando todo…

No puedo seguir pensándomelo, se empieza a mostrar distante. Apenas me mira ya, me rehúye como a un apestado. Debo actuar sin demora

-Voy… ¡Voy! –le digo a la desesperada

Comienzo a marcar, aún dubitativo, los números de su extensión, pero ella se marcha con indolencia, como quien pierde su paciencia y saca a pasear su cólera, y yo la sigo jadeante, como un perro esclavo con un hueso ceñido entre los dientes con la lejana esperanza de que aún pueda transformarse en carne… Mierda ¿cuánto me costará esto?

-Ya…oye… ¡Ya! –le chillo para que se pare, pero no se para y temo. Por ahí se marcha mi última bala; mi oportunidad se escapa

La sigo desesperadamente hasta llegar a una esquina oscura; tras ella, la mujer desaparece ¡Se esfuma como por arte de magia, tal y como apareció en mi vida! Una amplio portón de acero se planta ahora sobre mis narices, ¿pero dónde está la morena? ¿cómo ha podido abandonarme así? Estoy a punto de rendirme y colgar el número de la extensión. De repente, el abrir de un millón de latas de refresco gaseoso agitado: aquella inmensa puerta empieza a descender, automática. Apenas una rendija de apertura comienza a liberar una fina lámina de niebla, ligeramente acida, húmeda, sugerente, que crece a medida que la puerta va bajando. El ambiente es cálido, febril, excitante, lujurioso; ahora me hablan los Pepitos Grillos de nuevo: “Sabes que esto está mal, ¿verdad?”; ¿Pero por qué está tan mal? Les contesto. Callan. Mis grillos no están para réplicas. ¿O es que ya he perdido totalmente la razón?

La puerta sigue bajando, ocultándose bajo la acera, llega a la altura de mis ojos, de mi cuello, de mi pecho, de mis bajezas. Cuando la espesa niebla se disipa, observo varios cuerpos entregados al magreo, ensimismados en su delirio, habitando un mundo paralelo en el que nada más importa que las pieles cálidas y los labios húmedos. Los cuerpos me excitan, me incitan, ¡qué importa ya la extensión de la morena!

Un momento…

Alguien está hablando desde algún rincón, ¿es a mí?

-¡Chst! ¡Guapo! ¡Por aquí!

¡Mi morena! El corazón se me acelera, rozo el infarto, siento que me quedo sin aliento, me tiemblan las piernas. Me hace un gesto con el dedo índice; dice “¡Vamos!”, y me abalanzo obedientemente hacia su voz, completamente embrujado por sus cantos de sirena.

Ella agarra mi mano (sentir su mano en mi mano: sentir cómo palpita mi sexo) y me conduce por oscuros pasadizos iluminados por neones rojos. Llegamos a un amplio salón más oscuro. Estamos rodeados de los goces de otros: esta luz roja y tenue lo sugiere, lo incita, lo promueve, como un hechizo visual.

Ella se frena de golpe, se me coloca al frente, me pasea la mano por el cuello suavemente, se aferra a mi nuca como a una barra de stripper. Pende de mí mientras mece su cuerpo de infarto, y saca su lengua incitante a jugar, tal como lo haría la serpiente del primer pecado;

Vuelve de nuevo hacia mí en su vaivén excitante, y sus manos actúan sobre mi cuerpo como dos milagros. Siento mi cara hirviente, mi entrepierna pide paso, enterrada bajo presión en un vaquero rígido que pelea contra mi rigidez, pasión que sufre solitaria en esta jaula de tela;

Ella se esparce sobre una mesa, pechos arriba. Sus pezones rígidos apuntan firmemente al techo. Se toca ella misma (por la periferia de mis ojos noto que la mesa es compartida por otros que no perturban nuestra burbuja de placer, personas entregadas a su pasión desbordante; poco les importamos y poco me importan a mí);

No deja de mirarme con esos ojos gatunos que me hacen perder el poco sentido que tengo, que tan calado y cachondo me tienen, mientras se estremece entre gemidos propios;

Me abalanzo sobre ella sin pensármelo dos veces, como si fuera una bestia hambrienta que acabara de perder cadena y bozal: esa parte de mí surgida de un grito de instinto que no soporta ya más estar en silencio;

De un zarpazo trato de arrancarle el pantalón de cuero que recubre mi anhelo mojado. He cedido a una brusquedad que no me define ni yo buscaba… pero que deseo con vehemencia; me delata mi sudor caliente, perdí la consistencia, me volví animal;

Ella parece tener otros planes para mí: se sujeta bien fuerte los pantalones que se me escurren de entre los dedos, impidiendo la victoria del animal que me habita. El animal me domina: ahora decide por mí, pero más fuertemente decide ella. Con sus manos de fuego tira de mi cuello, me tumba y me derrito sobre su cuerpo caliente;

Besa mi cuerpo con unos labios de puta experta, comienza a lamerme con indomables latigazos húmedos, tiemblo víctima de fogonazos constantes de gozo, como fogosos calambres que deleitan mi piel en un exceso hacia el éxtasis;

La corriente que me llega me domina, me vence… el sexo está a punto de explotarme;

Le agarro los pechos con fuerza, a la desesperada, como un hombre lobo que caza a su presa bajo la luz de una luna porno. Me abalanzo sobre ellos, los saco de sus guaridas. Muerdo un pezón con violencia exxxplosiva. Ella se estremece, gime, goza, vuelca su cabeza hacia atrás con la boca entreabierta, se muerde el labio inferior… voy a estallar;

Ya sin marcha atrás en mí, y siendo consciente de que es mi último intento, tiro con brusquedad de sus pantalones, los desgarro y eyaculo sobre su coño imberbe, como un volcán en erupción, rebosándolo por completo de lava blanca, inundando luego su vientre, salpicando sus lejanos pechos por la presión infinita de aquel disparo del instinto de un hombre atrapado que se desahoga…

***

Me sobra hasta el casco de Realidad Virtual. Me limpio a mí mismo mientras la realidad regresa poco a poco, como un telón de un teatro que cae sin piedad sobre mi cabeza, indicando el final de una obra de cruel desenlace. Ahora es cuando este mundo me vuelca toda su rabia y crudeza; vuelven a mí la farsa, la factura, la soledad, el hastío, el asco, la vergüenza perenne: las consecuencias de mi desordenada derrota infinita. Vuelvo a sentirme un idiota, y con razón: pues todo ha sido mentira. Toda mi vida parece serlo. Esta vida que estoy viviendo es tan sólo un simulacro de una vida…


 

¿Cómo he llegado aquí?

II Tú eres mi único aquí

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