Ser Gato en un Mundo de Perros

Me quieren sacar de paseo, como si fuera un perro. Y que cualquier persona que nos de alcance tenga derecho a acariciar mi espalda durante el camino. Tampoco debo enseñar los dientes, no: debo fingir en el nombre de la pareja, esa sacrosanta figura imaginaria que creamos, ese dios en el que nunca creí.

Quizás este texto no sea políticamente correcto, pero lo siento: es lo que hay.

Porque no creo en nada más que en mi libertad, que es lo único que tengo, lo único que quiero. Y tratar de defenderla está tipificado en el código socio-penal como crimen.

Quiero ser UNO en un mundo de DOS. Porque pasar del DOS al UNO exige abandonarse a las perversiones y traumas del otro, dejar de ser en el nombre de un supuesto equilibrio que no existe. Porque el amor es desequilibrio. Porque el amor, por definición, no puede encerrarse: el amor es o no es.

Y si el amor tiene alguna regla es precisamente que no tiene reglas.

Que si el amor obedece, se degrada: deja de ser esencia y pasa a ser obligación, ceguera impuesta, temor a la soledad y mil guerras con recompensa, casi siempre condecoradas.

Por ello apareció la Idea de la Pareja: otra nueva institución que nos cercena y nos sacrifica en el nombre de un bien superior e imaginario. Una creación monstruosa y amorfa que asesina la individualidad, que la destruye, creando una nueva masa de voluntades contrapuestas. Una masa que discute contra sí misma, que arde. Masa exigente, neurótica, esquizofrénica: lo normal para un mundo siervo y trastornado.

Mil temblores y neuras me costó reconciliarme con mi auténtica naturaleza, de gato esquivo y huidizo, en este mundo de perros. Pero ser gato no está permitido. El gato está condenado al vagabundeo y al ostracismo. El gato está condenado a disolverse: ¿debo aceptarlo, volver a caer, o sacar las uñas y defenderme?

El gato es el antagonista, siempre es el malo de la película. Piensa que solamente los gatos domésticos aceptan el collar de un dueño, pero ni siquiera ellos aceptan ser guiados por una correa. Prefieren cagar y mear en un plato de arena antes que degradarse. Prefieren no salir jamás de una casa antes que verse forzados a caminar unos pasos que no les pertenecen.

Un perro se deja dominar. Es bonachón y sumiso porque ha aprendido a ser así, porque acepta la pérdida de su esencia fiera de lobo en el nombre de una Contraprestación-Alfa. En cambio, el gato solo busca lo que desea en cada momento, y deshecha lo que le sobra. Y en la pareja imaginada: ¿no es ridículo el intentar equiparar la libertad del gato con la sumisión del perro? Como si ambos animales merecieran cargar con los mismos derechos y obligaciones. Como si hubiera que legislar igual para todos. Como si el desgarro padecido por uno fuese comparable al deleite experimentado por el otro frente a unos mismos estímulos.

Por eso, que un gato sea gato en un mundo de perros es interpretado como injusto… precisamente porque no es un perro. Y una pareja es una institución de perros: creada por perros para los perros.

A los perros no les vale con la libre confluencia del gato, con los momentos de unión espontánea: necesitan un plan, un horario, un compromiso, un guía, un plato y alguien que les racione la comida. Los gatos no necesitan nada hasta el momento mismo que lo necesitan: a veces necesitan un guía, otras veces un plato de comida; pero carecen de un plan, evitan la dictadura del tic-tac, sólo obedecen a sus apetitos.

Un gato debe soportar que le tachen de ser animal egoísta, pasota, excéntrico, que exige sin ofrecer nada a cambio porque lo único que es capaz de ofrecer es lo que le emana libremente del alma.

A un gato se le tacha de exigente precisamente porque no exige.

A un gato en la perra pareja se le tacha de exigente por inacción: no por lo que hace, sino por lo que no quiere hacer; por eso los perros se frustran ¿Pero acaso tener que soportar su libertad es lo mismo a tener que soportar los jalones de una correa? ¿Acaso hacer el amor es igual a acudir a un bautizo por compromiso? ¿Acaso tener que tragar con unos celos enfermizos es tan malo como cargar con la renuncia ajena a padecerlos?

“Si no existen problemas, me los invento; si no me exigen, es porque no me quieren”, dicen los proverbios de la perrera.

Y es aquí donde aparece el Trastorno de Identidad Disociativo de la pareja de perros, que es, a su vez, una pareja de amos: su esencia misma es esquizofrénica. El uno se cree con derecho de jalar la correa del otro, y el otro le concede ese derecho a cambio de poseerlo también. Es la Ley del Talión sobre quien supuestamente más quieres: “ojo por ojo, diente por diente”; represión por represión; un intercambio de rehenes.

Un gato solo es un gato, y es siervo y amo de sí mismo: ni acepta correas, ni las quiere en los cuellos de nadie.

Hablamos de un criminal total, pues atenta contra la esencia misma de este mundo canino que nos han impuesto: este mundo que aceptamos, racionalizamos y defendemos sin darnos cuenta. Como si este mundo fuese natural y no una creación interesada, ¡como si fuéramos libres de escoger nuestra propia naturaleza!

Pero yo, sin serlo, me acepto como gato (gato negro, para más inri: Me acepto como lo que soy. Hasta las últimas consecuencias).

Y no tengo nada en contra de los perros: solo exijo mi derecho a coexistir en paz.

 
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