Consecuencias psicológicas en los “niños enjaulados” de Trump

“La Tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad”

Thomas Mann

Más de dos mil niños han sido separados de sus familias en los Estados Unidos desde el pasado mes de abril. Su delito: no haber nacido en el país de las barras y de las estrellas, sino en un lugar depredado (y para más inri, depredado –directa o indirectamente- por el propio Imperio norteamericano). Todo ello se encuadra dentro de una nueva política migratoria de “tolerancia cero” frente a los que intentan cruzar la frontera de México: los adultos que son interceptados al intentar llegar “ilegalmente” a los Estados Unidos son posteriormente encarcelados y enjuiciados, mientras que a los hijos que vienen con ellos se los traslada y hacina en una serie de “refugios temporales”. Un acto atroz y traumático que, de no ser atajado a tiempo, puede llegar a tener efectos totalmente catastróficos sobre la salud mental de todos estos niños.

Cómo afecta la separación forzosa a los “niños enjaulados” de Trump

Desde el momento mismo en el que se corta el cordón umbilical, comienza a crearse un vínculo especial entre el niño y su madre: esto es lo que se conoce como apego. El niño comienza a reconocer en su madre a esa figura que le otorga seguridad y afecto, y esto fortalece aún más el vínculo, tanto con ella como con otros miembros de su entorno familiar. Es común que los niños lloren cuando se los deja por primera vez en una guardería, precisamente porque desaparece de su vista la figura en la que tienen depositada todo lo que son. Y siendo así las cosas, uno puede imaginarse con facilidad cuán virulento será el sentimiento de angustia que se desencadena en un niño tras una separación forzosa.

El momento mismo de la separación es experimentado como traumático. El pánico generado en el niño libera cortisol y adrenalina, dos hormonas que se encuentran estrechamente vinculadas con el estrés. En consecuencia, el malestar emocional generado por la ansiedad por la separación somatiza en forma de dolores de cabeza y problemas estomacales. Pero esto es solo el principio.

Con el paso de los días, y coincidiendo con la relajación del “shock inicial”, los chicos pueden dejar de llorar; pero eso no significa que el sentimiento de estrés y la ansiedad se hayan desvanecido. Es fácil que los llantos sean sustituidos en estos momentos por una depresión silenciosa, la cual los empujará a un estado de estrés post traumático. Los niños comenzarán entonces a aislarse y a tener pesadillas recurrentes (si es que consiguen dormir). Y cuanto más se prolongue su cautiverio, más difícil será para ellos recuperar la salud emocional.

Una vez los niños son liberados, si no se consigue revertir los efectos nocivos de todas estas experiencias, arrastrarán sus consecuencias para el resto de sus vidas. Los “flashbacks” serán frecuentes, haciéndoles revivir permanentemente los acontecimientos traumáticos. Pasarán la infancia siendo niños confundidos, tristes y sin autoestima. Experimentarán cambios radicales de humor. Y a partir de los doce años, las posibilidades de que caigan en la droga se verán seriamente incrementadas. Particularmente en los niños varones, el riesgo de desarrollar una apatía casi total por los sentimientos de los otros va a ser bastante alto, lo que los hace mucho más propensos a la violencia y a la delincuencia. Adicionalmente, todo lo anterior aumenta el riesgo de que padezcan diabetes, enfermedades del corazón y otros problemas de salud a lo largo de sus vidas. Y eso por no hablar de los pensamientos suicidas recurrentes, típicos de las personas que padecen una depresión profunda.

El fascismo está de vuelta

La victoria de Trump, el Brexit y el fuerte ascenso por toda Europa de los partidos anti-inmigración indican un alarmante repunte de la intolerancia y la xenofobia. Y en un panorama como este, utilizar jaulas para niños ilegales parece haberse convertido en un acto totalmente justificado, siempre y cuando sea capaz de frenar el tan temido “efecto llamada” –ese que está en boca de todos los conservadores y fachas de nuestro país, a raíz del desembarco del “Aquarius” en las costas valencianas. Se suele decir que la historia es importante porque nos enseña a no volver a cometer los mismos errores del pasado; así que sospecho que no nos la han contado demasiado bien… ¿o quizás es que hoy estamos más interesados en hacernos con la última versión del nuevo iphone? En cualquier caso, animo a quienes aún conserven un mínimo de cordura a que mantengan su “tolerancia a cero” frente a todos aquellos que justifican la barbarie. Que algo comience a ser normal no significa que sea lo correcto.

 

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