Andreíta se mudó a Tokyo.

A Andreíta le dije que por ella yo pelearía contra él, pero lo mejor que me ha podido pasar es que ese brutal y despiadado asesino de personas haya poseído su mente y su cuerpo. Es cruel, paradójico y (principalmente) asqueroso, pero (egoístamente hablando) ha sido mi mejor escapatoria. Claro que todo esto conlleva importantes secuelas, como son mi abstinencia radicalmente forzada a determinadas horas que antaño pedían la siguiente ronda. Pero incluso considerando los efectos secundarios sobre mi cuerpo cuando ya ni siquiera lo domino yo, cuando ya desea él por su cuenta más y más grados efervescentes que me agiten, aun así continúa siendo beneficioso para mí (considerando mi salud puramente física y marginando mi salud mental, por otra parte deteriorada para siempre) ¿o es que acaso hubiese querido yo cargar con esa losa derretida sobre mi chepa, con esa babosa lamentablemente pesada arrastrándome a sus infinitos abismos sin sentido? Bastante tengo yo ya con lidiar con mi propio abismo… No, no. Yo no lo necesito. Y ella necesita; sin más; es ese el verbo. Ella cree que no es merecedora del deseo, y por eso ansía desesperadamente el deseo de un hombre (GRANDE, FUERTE, ANCHO y ASQUEROSO) que tenga los suficientes huevos de continuar. Y parece ser que también necesita que ese hombre la destroce fundamentalmente, dejando para los demás sólo los restos de ella. Parece ser que ella desea perder la cabeza por quien sea capaz de dominar sus impulsos, por quien sea lo suficientemente osado como para controlarla (y destruir lo que es) sin cargar conciencias; alguien cuyos instintos asesinos se sacien con el dominio total de un ser mucho más débil. Y en cuanto a mí, sí: la he abandonado al diablo… ¿pero acaso este es el peor de sus diablos posibles? Por sus actos y decisiones, creo comprender que este diablo funciona en parte como su paraíso. Necesita (o cree necesitar) sus azotes para flotar en el amplio océano de su infinita ridiculez; y en cuanto asoma su nariz achatada y respira, se le escapa una leve sonrisa entre lágrima y lágrima (¿y qué son diez mil lágrimas en el océano?). La gente está destruida, y no hay nada que se pueda hacer desde fuera por alguien que ya asume como algo propio su destrucción. Ella es hoy un Ave Fénix que vive siendo permanente ceniza. Y yo respiro el aire viciado que deja ese polvo para siempre suspendido en el aire. No en vano, yo no soy tan hijo de puta: mi amistad fue promesa tácita y morirá siendo realidad. Por más que vomite cada vez que me llegue el turno de mirar a la arcada-sombra-débil de lo que fue.

Soy un hijo puta, SÍ, tal vez; pero no soy un imbécil. Y mucho menos soy un psicópata

Tal y como lo es él.

Te dije que pelearía contra él por ti, y lo mantengo; pero lo que no estoy dispuesto es a pelear contra ti por ti, Andreíta.

 

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