A veces, cuando tocas fondo, aparece un sendero…

Y esa noche, pues, Hacón (el caudillo) invitó a la ciudad entera, en lugar de a una Hunderschaft (centuria), a otro diálogo de sus dientes, que había de consistir en un largo banquete en el que él y sus sacerdotes darían parcial salida a las reservas alimenticias de que había dispuesto su casta mientras todos padecíamos hambre; y ello, naturalmente, sin que se le ocurriera por un segundo temer escándalo alguno entre el pueblo, al que sabía compuesto solo de gallinas sin fuerza ni valor para oponerse al Gallo, de resignadas aunque estridentes aves de corral que solo vivían con la esperanza de sufrir en el cuello el picotazo gozoso del Amo de la Granja; y creo que fui solo yo quien sintió unas invencibles ganas de vomitar con tanto estruendo como para despertar a la ciudad, cuando uno de sus esbirros vino a comunicarme que era el invitado de honor en la fiesta. Solo yo, porque solo estaba, y eso hacía aún más horrible el hecho que nada ya podía reparar, de haber para siempre perdido entre las mallas de mi mente el secreto de la soledad. Así que, tras rehusar tan considerada invitación, me dirigí, ahora sí, a la Taberna, por suponerla abandonada, ya que el banquete había de celebrarse en la Gran Sala del Consejo, donde hace poco tiempo presenciamos tanta deliberación inútil; allí me emborraché como siempre me ha gustado hacerlo, sin nadie a mi lado que me conociera y sin hablar con otro que no fuera ese yo al que tan hermosamente sentía abandonar, jarra tras jarra, mi cuerpo a la bendición del caos, donde muere el orden que impone la memoria; y, cuando la luna había recorrido ya casi medio cielo, encontré mi cuerpo por fin a solas, sin la molesta compañía del alma, a duras penas apoyado sobre el mostrador desierto. Y un segundo después noté que me estaba cayendo, sin hacer nada por remediarlo, esperando encontrar en el fresco suelo, como Hacón la noche que murió Ulfilas, los sueños que deben tener los animales, los que debieron soñar aquellos cerdos durante la interminable y breve excursión que hicimos todos a los bordes repentinamente estirados de la realidad. Y caí, y mis párpados se cerraron pesadamente sobre los ojos que nunca hubo.

*

Fue probablemente a los pocos minutos de haberme desplomado insensiblemente, cuando, al despertarme, encontré asombrosamente inclinada sobre mí la cara de Sorbst (la valerosa virago), quien se hallaba ocupada por entonces en rozarme la frente con un trapo húmedo; y, en ese momento, arrastrado por la costumbre de indignarme ante cualquier tentativa de protección o cuidado, a las que desde mi infancia había conocido como siendo técnicas de posesión y no de amor, no dilaté el momento de escupir a mi salvadora una frase que, sin embargo, y sin saber yo aún por qué, no sonó muy convencida del odio que contenían sus palabras; así que le dije: “¡Desgraciada! ¿Es que has de turbar el sueño santo de un borracho solo porque tus inmundos vicios, o sabe dios lo que sea, no te dejan a ti en paz?”; y, enseguida de haber dicho esto, volví la cabeza hacia el suelo, avergonzado de mirarla. Oí entonces una voz de mujer, imperturbable y serena, tal como nunca antes la había oído, pese a conocer desde hace mucho a Sorbst, que me decía: “Perdóname, pero no quise demorar más el instante de decirte que ahora, por fin, estamos tú y yo solos en esta ciudad, incurablemente desierta”. Entonces la miré y, por primera vez en mi vida, supe que había alguien vivo a mi lado y que al menos uno de todos aquellos fantasmas que desfilaron a mi alrededor siempre estaba animado, que al menos había despierta en la noche una conciencia para liberarme a mí de la mía por un sendero mejor que embotarla, o hacerla dormir a la fuerza, compartiéndola con otro ser cual un alimento nuevo al que jamás nuestros padres nos convidaron. No se por qué lo supe; solo conozco que la miré a los ojos y la vi, y me vi a mí mismo por fin a mi lado.

 

Extracto de Allá donde un hombre muere, las águilas se reúnen (Leopoldo María Panero)

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