Andreíta regresará de Tokyo

Prometías llegar desde Tokyo y no llegabas nunca, y si llegabas te ibas repentinamente, dejando media cerveza caliente y nuestros ojos como platos blanquecinos, sin poder dar crédito de nada. Siempre parecías apagada, silenciosa, como en otra parte. Mirabas a tu móvil y empalidecías, y luego te marchabas sin decir por qué ni dónde. “Menuda falta de respeto, ¿pero qué somos ahora para ti?” –pensábamos sin decírtelo nunca, con nuestro ego fatalmente malherido. Nosotros te culpábamos por ese abandono, por tus contadas presencias ausentes, por tu repentino cambio; te culpábamos porque no lo comprendíamos, y fueron varias las veces que te mandamos directamente a la mierda, pensando que te lo merecías o que eso te haría reaccionar…
Como si tú tuvieras la culpa. Pero qué tonto, qué estúpido fui…

Fui un desalmado, un desgraciado, un egoísta. Te abandoné y te culpé, arrojé la toalla y te dejé indefensa frente a los leones de la represión y del miedo mientras me miraba el ombligo y la polla, y lo hice porque no fui capaz de interpretar la esencia de todo lo que te estaba pasando… No percibí su gravedad. Pero ahora ya sé que tú nunca quisiste mudarte a Tokyo, Andreíta: fue el japonés quien te forzó a hacerlo mediante la destrucción total de lo que eres. Fuiste la víctima perfecta de la persuasión enfermiza de un maltratador experto, de un loco que se hace pasar por cuerdo, que de hecho pasa por ser normal en este mundo invidente. Me pedias ayuda como a todos, con los ojos, pero yo no supe escucharte la mirada… no supe. Mierda, qué torpe. Ahora ya sé que el japonés se presentaba en tu casa a altas horas de la madrugada, hasta arriba de alcohol y de nieve, y te llamaba puta con tu niña durmiendo en la habitación de arriba, que tú le pedías por favor que se fuera pero que él no se iba, él que se cree tu dueño, y tú como siempre te ponías a llorar, hiperventilabas, pero el japonés te llamaba exagerada, histérica, sinvergüenza, basura, escombro… por enésima vez. Y tantas veces fueron que hasta te lo creíste. Al fin he comprendido la clave de todo este maldito asunto: el Cerdo del Japón te encierra en su casa de Tokyo y te impide ver a nadie que no sea él mismo, haciéndote sentir una auténtica mierda si quieres hacerlo −esa es su fuerza, su poder: encerrarte, impedirte ver a nadie, porque así tú ya no tienes otras impresiones con las que poder contrastar si realmente eres esa mierda que ya te sientes que eres, de la cantidad de veces que le has oído decírtelo. Y si logras trazar un plan y escaparte algún día, tratando de respirar el oxígeno turbio, manchado de miedo y de culpa, por desobedecerle, entonces él te busca como un desgraciado enfermo, cabalgando las calles montado en su coche oscuro, y te localiza siempre, y entonces tú tiemblas, tú tiemblas, tiemblas, siempre tiemblas, y te levantas automáticamente de donde quiera que estés y te vas rápido, rápido, mirando siempre al suelo y dejándonos a todos aturdidos y sin comprenderlo, pero nosotros no importamos aquí, nosotros somos secundarios porque es él entonces quien no va a marcharse con su superficial victoria, él quiere más, pues él te sigue calle abajo, te persigue mientras te escribe y tú caminas llorando, sin mirar atrás, sin querer comprobar que lo tienes pegado al culo, y él te llama de todo, puta, sinvergüenza, basura, escombro, y tú leyéndolo todo mientras lloras, y lloras, y lloras, y avanzas hasta que ya no queda nadie alrededor y te encuentras tú sola con tus propias lágrimas, tan sola que ya solo necesitas un abrazo, un abrazo que te reconforte, un abrazo que elimine las puñaladas de la soledad sobre tu mente y tu cuerpo, un abrazo que te haga olvidar que eres una puta mierda, un abrazo que tu asesino estará dispuesto a regalarte, casi como si fuera un favor que te otorga, así que acabas mirando hacia atrás un instante y ahí está él y nadie más, él, tu salvador, tu carcelero, el japonés, el puto japonés, y de nuevo vuelves a estar a su merced y te rindes y él te mete en su coche oscuro, te rapta de nuevo y te pide sus falsas disculpas, y al día siguiente te ves sentada en un avión mental en vuelo directo hacia Tokyo, a cambio de un simple y tramposo abrazo, y al poco tiempo ya estás de nuevo metida en tu cárcel de Tokyo, donde no conoces a nadie, donde no conocerás a nadie porque el japonés no te deja, donde solo cuentan su opinión y sus insultos…
Donde ya no tienes otra escapatoria que la muerte estando viva.
Ese es su truco: imponerte la soledad y presentarse como lo único, como tu salvador divino, mientras te destruye; ser tu enfermedad y vacuna; tratar de impedir la liberación desde dentro de ti, de imposibilitar tu deseo de liberarte, pues Tokyo debe ser tu único mundo, debe ser el único lugar desde donde te cuiden a base de insultos y de desprecios y te valoren como te mereces, como la puta mierda que eres; que Tokyo ha de ser el único sitio donde puedas estar a salvo, por más que tiembles de miedo y vomites el odio gratuito que el monstruo japonés te propina… ¡Ay, japonés! Maldito asesino de personas; él no entiende que antes de que llegara a tu mundo tú ya tenías una vida y que sonreías, y bebías, y bailabas. Yo te conocía de antes y he visto lo que ese cerdo ha hecho contigo: te ha negado, te ha zombificado, te ha convertido en su juguete, en su muñeca de porcelana hecha por dentro de trapo. Él se cree tu dueño pero afortunadamente le hemos desmontado ya, ya hemos descubierto su técnica, su hechizo de magia negra y es por eso que ya no puede hacerte más daño, no puede… ni yo dejaré que lo haga
Pues por mi Andreíta, MA-TO.

(Ya nunca más te sentirás sola en Tokyo, Andreíta; y lucharemos juntos hasta que puedas volver por tu cuenta a este mundo que es tuyo y que el japonés enterró bajo sus excrementos dentro de ti. Volverás… Me lo he prometido a mí mismo)

 

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