El día que el japonés me declaró la guerra

-¡Qué! ¿Habréis disfrutado, no?

Me dijo el japonés, pero yo continué mi camino y apenas le otorgué una mirada triste de propina

-Espero que al menos te hayas puesto condón
-Habría que estar muy desequilibrado para pensar en follar cuando tienes a una amiga llorándote y temblando por culpa de un hijo de puta como tú

Yo seguía caminando mientras el japonés avanzaba a mis espaldas, pero esta vez no supe cómo contenerme: no supe o no quise callarme. Desafortunadamente mi respuesta resultó ser un acicate para su locura. El japonés me dijo:

-¿Tú sabes que puedo arruinarte la vida?
-No puedes arruinar algo que ya está en ruinas, campeón

Fue entonces cuando noté el golpe sobre mi espalda. Yo diría que fue una patada, pero en realidad no lo sé: todo está muy turbio en mi memoria. Lo siguiente que recuerdo es ya mi rostro pegado al asfalto, y una mancha de sangre agrandándose poco a poco mientras el japonés me agarraba la nuca

-Como te vuelvas a acercar a Andreíta, te mato

Y entonces, desapareció. Recuerdo que pensé en mil cosas. Pensé en la Justicia, en que ninguna Ley penal puede ser capaz de garantizar el final de estos hijos de puta, y pensé en la frivolidad de los inconscientes que acentúan el papel de las denuncias falsas subidos sobre la chepa de la extrema derecha. Pensé en matarlo en un mundo sin ley, en el que los fuertes y justos mataran a los injustos pero en el que los fuertes e injustos también pudieran imponer su ley hasta llegar poco a poco a un sistema muy parecido a este, y pensé que quizás fuera eso lo que pasó. Pensé que poco o nada había cambiado desde el comienzo, que somos los mismos hombres de las cavernas ahora con hipotecas, contratos, televisión, Internet e impuestos, que la revolución del amor estorbaba tanto porque quienes se lo llevan crudo necesitan de la guerra que siembran para su lucro. Pensé que merecemos la extinción y también pensé que no la merecemos en absoluto, que no la merecemos solo por culpa de estos hijos de puta que no han parado de sembrar el odio, que no han de pagar los justos por los pecadores que tan a menudo se libran mientras que pagan los desesperados por culpa de la injusticia. Pensé en las enfermedades mentales y en su surgimiento, en qué fenómeno cultural o traumático hace que una persona se convierta en semejante basura, en por qué no existe tanto interés en que esto no ocurra más como en tratarlos, en medicarlos y en encerrarlos. Pensé, pensé y pensé mientras que la realidad seguía su curso y poco podía yo hacer para cambiarla, poco más que seguir adelante con la cabeza bien alta y mi nariz sangrando por esta humanidad que se muere mientras que los enfermos dominan el mundo, y pensé en que quizás llegue al fin un día en el que los justos nos alcemos y nos impongamos eternamente, disipando este maldito infierno en alguna bella utopía. Porque si no, ¿para qué seguir?

Declárame la guerra si quieres, japonés; acepto; que yo daré con gusto mi sangre por un mundo nuevo en el que tú no tengas sitio. Un mundo en el que nadie sea ya dueño de nadie.

 

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