Posverdad, neoliberalismo… neolengua

¿Os suena el término “Posverdad”? Este neologismo, surgido hace tan solo tres años, trataba de describir un nuevo fenómeno: aquellos acontecimientos inesperados (como la elección de Donald Trump o el Brexit) en los que los hechos objetivos parecían tener una menor influencia que la apelación a las emociones o a las creencias individuales de las personas.

Para muchos autores, esto de la posverdad no es más que una manera muy “cuqui” de llamar a la mentira, la falsedad o la estafa. O sea, que se trataría sencillamente de un eufemismo (eufemismo: “palabra o expresión más suave o decorosa con que se sustituye otra considerada como tabú, de mal gusto, grosera o demasiado franca”).

George Orwell, autor de la gran novela distópica “1984”, ya tenía bastante claro el poderoso influjo que generan las palabras en las mentes humanas. En dicha novela imaginó, de hecho, una versión simplificada de la lengua, la neolengua, que funcionaba como uno de los pilares fundamentales del régimen totalitario imperante. El objetivo principal de dicha “nueva lengua” era sustituir a la “vieja lengua”, eliminando los significados no deseados de las antiguas palabras para hacer invisibles todas las formas de pensamiento que fueran contrarias a los principios del partido único. Por ejemplo, palabras como “malo” se convierten así en nobueno, mientras que “terrible” pasaría a ser doblemásnobueno (nobueno, posverdad… ¿notas las similitudes?).

A pesar de (o quizás por) sus inclinaciones anarquistas, las novelas de Orwell fueron interpretadas como profecías contra el comunismo soviético. Y esto nos ha impedido ver que su auténtica denuncia siempre estuvo dirigida hacia el totalitarismo en sí, fuera este de la naturaleza que fuese.

¿Es el (neo)liberalismo sinónimo de libertad?

Probablemente no muchos sientan que viven insertos en un sistema totalitario. ¿Pero y si el totalitarismo se ha vuelto invisible precisamente porque las profecías de Orwell se llevan cumpliendo desde hace mucho? De hecho, una vez cayó el muro de Berlín, nos vendieron el acontecimiento como el definitivo triunfo del Mundo Libre. El capitalismo, ya sin competencia, mucho más cerca de hacerse global –o total-, llamándose a sí mismo “Mundo Libre”. Sí, el capitalismo: ese maravilloso sistema cuya lógica incita entre otras cosas a la masacre de pueblos y el derrocamiento de gobiernos para hacerse con sus respectivos recursos, siempre en el nombre –claro- de la libertad –anunciada a bombo y platillo, por cierto, en la boca del “democráticamente” escogido emperador de turno. No me negarán que, cuanto menos, todo esto resulta un poco paradójico.

“La responsabilidad que se deriva de ellos [los crímenes comunistas] es sencilla de localizar; nos enfrentamos con el mal subjetivo, con sujetos que actuaron mal. Podemos incluso identificar las fuentes ideológicas de los crímenes: la ideología totalitaria, ‘El manifiesto comunista’, Rousseau e incluso Platón. Pero cuando se llama la atención sobre los millones de personas que murieron como resultado de la globalización capitalista, desde la tragedia de México en el siglo XVI hasta el holocausto del Congo Belga hace un siglo, en gran medida se rechaza la responsabilidad. Parece que todo hubiera ocurrido como resultado de un proceso ‘objetivo’ que nadie planeó ni ejecutó y para el que no había ningún ‘manifiesto capitalista’ ”.

Slavoj Zizek, “Sobre la volencia”

Actualmente, quienes pretenden profundizar en las tesis más radicales del capitalismo se llaman a sí mismos “liberales”; un nombre que nos evocará rápidamente nuestro concepto abstracto de libertad. A pesar de eso, y para denunciar el giro radical que está dando (que lleva varias décadas dando, de hecho) dicha ideología, infinidad de cerebritos, fieras, figuras y genios se dedican a utilizar un nuevo vocablo, para diferenciarlo del anterior y que sea capaz, esta vez sí, de identificar claramente el funcionamiento nocivo del sistema global imperante: la palabra escogida para ello es neoliberalismo, que no es más que una profundización de aquel término falaz (“liberalismo”) que nos hace intuir básicamente lo contrario de lo que en realidad esconde.

Porque claro, en un sistema capitalista-consumista como este, la libertad se ejerce y manifiesta inevitablemente mediante el consumo. Pero si la libertad es poder consumir, siendo imposible el consumo sin dinero, y siendo casi imposible tener dinero sin obtener antes un trabajo, el trabajo se convierte entonces en un fenómeno no-opcional, es decir, no-libre. Se hace necesario trabajar si lo que pretendemos es ejercer, por tanto, –y paradójicamente- nuestra libertad; luego si compramos el precepto nº 1 de la ideología mercantil dominante, estaremos llamando con el nombre “libertad” a nuestra irrenunciable esclavitud.

Es el propio término “libertad” el que invisibiliza nuestra condición de esclavos. Y si aun así nos sentimos libres, es solo porque carecemos del lenguaje necesario para articular nuestra falta de libertad. La neolengua ya está aquí, viviendo dentro nosotros mismos…

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
(Los tres principios del Gran Hermano. 1984, George Orwell)

 


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3 comentarios en “Posverdad, neoliberalismo… neolengua

  1. Cuando leí “El Manantial” y “La Rebelión de Atlas” de Ayn Rand, estas mismas ideas que plasmas en la entrada son las que me vinieron a la cabeza, hablar de libertad cuando a la vez te estas encadenando a una maquina llena de engranajes en la que es casi imposible salir. Paradójico. Aunque compleja una solución en un mundo que basa todo (Y cuando digo TODO es TODO) en el capital. Otra cosa es pensar en el futuro, ya que por lógica y con los avances tecnológicos llegara un momento en que gran parte de la población no podrá acceder a formar parte del engranaje ya que no habrá hueco. ¿Que va a ocurrir entonces?

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