Notas de un borracho

Soy perfectamente consciente de que bebo de forma compulsiva. Sí: cuando empiezo tan solo me para el sueño o el vómito. Al contrario de lo que muchos creerán, la adicción no es una condición en sí misma, sino un síntoma de algo mucho más grande. Porque en estos casos siempre hay una herida abierta, una herida profunda que no sangra y que el alcohol no puede cicatrizar… pero es capaz de atenuar su dolor. Hablo de un dolor difuso, intangible, carente de forma, pero pertinaz. No desgarra, este dolor es silencio, tortura como de soslayo. Su poder está precisamente en la erosión continua y lenta. Es más bien como una especie de inquietud que no se borra, que no se desprende y que te persigue allá donde vayas; que te dejará vivir tan solo en la medida en que te recuerde todo el tiempo que tu vida es un puto desastre. El alcohol es una sustancia que tiene su porqué. El alcoholismo tiene su porqué. Todo en esta vida tiene su porqué. Y yo no iba a ser menos, claro: también tengo mi porqué.

Creo que lo primero que busco en la bebida es poder eliminar la coraza que reprime mi ser auténtico; o si lo prefieres, eliminar esa parte de mí que me impide desarrollarme en plenitud. Supongo que busco dar libertad a mis deseos sin que nada pueda impedírmelo desde dentro; aunque también creo que bebo para que los demás no me conformen otro límite, lo que entre otras cosas implica que bebo para instalarme en la ilusión de no estar solo en este mundo. Bebo para convencerme de que las amistades superficiales y vacías que me acompañan sí que me bastan; algo que sin el alcohol, sería imposible de sostener. Confieso que me siento tremendamente aburrido con la compañía de la gente que me rodea, y bebo para poder amarles; y es que quiero amarles, de verdad que quiero; deseo amarles sencillamente porque quiero amar, y creo que no podría hacerlo de ninguna otra manera. Desgraciadamente, este método de amar no resulta para nada infalible. Su límite está en la estupidez humana, que sí es infalible; que no se puede disimular, ni siquiera con el alcohol. La estupidez termina aflorando tarde o temprano… y muy a menudo, gracias al propio alcohol: amigo y cómplice, enemigo y tirano, ¡ah! este maldito veneno es la montaña rusa de mi contradicción. Por último, creo que bebo para tapar el fracaso total en el que siento que vivo. Un fracaso que va mucho más allá del mero hecho de no tener amigos de verdad. Me refiero con esto del fracaso más bien al hecho de no formar parte de nada, de no haber construido nada nunca en mi vida y de que, quizás, no he querido jamás hacerlo… mal que me pese. Ni siquiera tengo un trabajo digno y estable en el que cobijarme y del que poder enorgullecerme de alguna extraña manera; pero si te soy sincero, en realidad, tampoco lo deseo. Es otra cosa lo que yo deseo… Otra cosa. Otra. Y es entonces, cuando caigo en la cuenta de mi delirio, que bebo de nuevo hasta el amanecer. Porque cuando bebo creo poder hacer posible mi mundo por un rato. Un mundo ebrio en el que nada importe, en el que no haya obligaciones ni juicios, ni rigideces: un mundo libre, un mundo imposible, un mundo prohibido…
En definitiva: bebo para escapar.

Y tú, ¿por qué bebés?, ¿cuál es tu dolor oculto? Puede que nos encontremos una noche, y que aunque solo sea por esa noche, no nos sintamos tan jodidos juntos.

A la primera invito yo. Como buen anfitrión

de la ebriedad

que soy.


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