No leas esto

Me lio un cigarrillo, supongo que por ansiedad nocturna. Estoy en frente del ordenador sin saber qué escribiré. Hace mucho tiempo que no escribo a estas horas de la noche ¿y a quién le importa? Ni siquiera sé si valgo para esto; y aunque valga, ¿quién cojones tiene tiempo para las palabras? El incontestable triunfo de las redes sociales ha reducido la tolerancia a un par de líneas sencillas, simples, concisas; que si fueran enrevesadas, eso crearía demasiada confusión. Además, cualquier mosca o vídeo de gatitos podría despistar la lectura y dejarla a mitad de camino; decapitándome así, sin darme la opción siquiera de pronunciar las últimas palabras de esta, quizás mi última voluntad. Releo lo que acabo de escribir para asegurarme de que cada palabra esté bien escogida, que ha sido colocada en su lugar preciso; es una especie de obsesión ridícula. Retoco la pregunta que me hice, “quien cojones tiene tiempo para mis palabras” y cambio el “mis” por “las”. No debo tomármelo como algo personal, no son mis palabras las que molestan o aturden: son las palabras en sí las que lo hacen; ese es el sino de los tiempos. Solo que yo parezco empeñado en llevarle la contra al tiempo. El cigarro se va consumiendo y yo sigo sin saber qué quiero escribir aquí. Dejémoslo en que quiero escribir algo, da igual el qué. En cuanto el cigarro se termine, terminaré yo de escribir. Ya lo he terminado. He estado varios minutos fumando sin más, sin escribir nada, mirando a la pantalla bobaliconamente, con una lánguida sensación de haberme quedado a medias. Ese es el sino de mi vida, parece ser: dejarlo todo a la mitad. Voy a lavarme los dientes para quitarme este asqueroso sabor de boca… Y aunque no te lo parezca, acaba de pasar un día. Y vuelve a ser de noche, más o menos a la misma hora en la que ayer comencé a escribir con un cigarro en la misma mano en la que ahora tengo otro; pero la ansiedad es la misma. En cualquier caso, sigo sin saber qué es lo que quiero escribir aquí. Mi cerebro es como un náufrago. Releo todo lo que llevo escrito hasta ahora, lo de ayer y lo de hoy, quizás porque quiero coger el hilo de algo… Un hilo, el que sea… Pero no lo encuentro. Retoco algunos signos de puntuación, nada importante; cambio comas por puntos y comas y modifico alguna palabra porque de repente encuentro otra que, me parece, encaja mejor allí. Debajo de lo que escribo hay un enorme espacio en blanco. Blanco, blanco, blanco, blanco. ¿Debo ensuciarlo con estas palabras huecas? ¿Tengo derecho? La inmaculada pureza se va enturbiando poco a poco con estos extraños signos que nos inventamos. Puede que dentro de un par de siglos, cuando nos hayamos destruido totalmente, alguien dé con todo esto y esté tratando de descifrarlo, tal y como nosotros hacemos hoy con los jeroglíficos incomprensibles de todas esas culturas milenarias que parecen esconder algún secreto. En el fondo, queremos que lo oculten. Y esperamos ser alguna vez capaces de desvelarlo: que allí quizás, en esos lugares tan remotos del tiempo, fueron capaces de dar con la clave que hoy tanto se nos escapa. Probablemente, en el futuro, busquen lo mismo que buscamos hoy; y si en esa búsqueda tan improbable dieran fatalmente con este texto… ¡Ay! ¡Ojalá pudiera advertirles con una señal inequívoca que dejase bien claro que aquí tampoco se encuentra esa magia que buscan! Vuelvo a releer todo el texto mientras mi cigarro se consume en la decadencia de lo efímero, mientras noto que su humo, a la vez agradable y pestilente, se apodera de mi interior y sube hasta mis conductos nasales, bajando luego hacia mis pulmones para escapar después por mi boca envenenada, como esa alma que huye hastiada de su encierro en la materia. Ya se ha acabado mi cigarro; y yo con él, yo mismo me acabo. Adiós, voy a lavarme los dientes otra vez. Otra puta vez. No sé exactamente por qué, pero necesitaba enfatizar esta última frase con la palabra “puta”, con perdón para todas las santas putas, pues son ellas las únicas que aún persisten de aquellas remotas horas de enigmáticos jeroglíficos. Quizás sean ellas las que esconden la clave que tanto ansiamos encontrar… recobrar… Y que no vemos. Y aquí estoy de nuevo, una noche más, otra más, la tercera noche que me cito frente a este documento absurdo con otro cigarro en la misma mano que ayer y anteayer, y con la misma ansiedad nocturna. Sigo sin saber qué estoy escribiendo ni hacia dónde quiero llegar, aunque sí sé hacia dónde no quiero ir: esto no será un diario. Dios, desde su inexistencia absoluta, me libre de escribir algo así. Porque un diario es como masturbarse con el nabo flácido, una paja infinita que no genera placer alguno. Los hechos, los actos de cualquier día, en el fondo son intrascendentes, no explican nada por sí mismos, son solo la manifestación tangible de algo mucho más grande que surge simultáneamente de afuera y de dentro; meras consecuencias que se desenvuelven en un marco opresivo, el cual las está dictando sin ofrecer demasiadas alternativas. Todos estamos atrapados en nuestras circunstancias y hacemos lo que podemos con ellas, como si de una madeja que nos envuelve se tratase. Y en función de qué hilo tiremos, otro hilo asfixiará nuestro gaznate o apretará sobre nuestro abdomen; y eso nos llevará a reaccionar de nuevo y a jalar ahora de esos hilos que nos están molestando/oprimiendo y que, a su vez, provocarán nuevos movimientos en la madeja que nos atrapa. Quizás sea ese el sentido perdido, quizás por eso estoy escribiendo yo ahora: por un puto hilo que me aprieta en el alma hasta el punto de obligarme a vomitarla con los dedos. Cojones, ¿pero por qué me siento tan aturdido? Quizás sea porque me veo muy lejos de este tiempo que me ha tocado vivir. Pienso en Shakespeare. “Chekspir”. Si Shakespeare hubiera nacido en los 90, ¿sería ese gran dramaturgo que hoy todos conocemos? Puede que acabara escribiendo guiones para películas malas, o puede que se hubiera rendido y terminara currando en un Burger King de London y apoyando el Brexit. No es que yo me crea como Shakespeare –soy un excremento de Shakespeare- sino que me siento desubicado, como ese Shakespeare fuera de época. De cualquier modo, quizás estoy siendo extremadamente pesimista: puede que ese moderno Chekspir jamás hubiera mostrado interés alguno en la lectura. Puede que gastara todo su tiempo jugando al World Of Warcraft y acabara siendo un Youtuber de éxito. Puede que el auténtico genio sea aquel capaz de adaptarse por igual a todas las épocas. Puede que la esencia sea tan prostituta como es el mero hecho de vivir en este frío capitalismo. Bah… Estoy divagando demasiado. En cualquier caso, acabo de decidir que voy a publicar este texto. Necesitaba un punto final para esta absoluta pérdida de tiempo y he comprendido que ese solo lo puedes ser tú. Si has llegado hasta aquí, mis más sinceras disculpas: el tiempo que te he robado ahora me pertenece a mí. No puedes decir que no te lo advertí en el título. De todos modos, gracias, desobediente.

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