¡Coronavirus! (o la habitación del pánico)

[Algunos de los datos aquí expuestos han variado sensiblemente desde que el artículo fue redactado. No obstante, el artículo no se borra principalmente por dos motivos: 1. Porque considero que gran parte de la información continúa siendo útil; y 2. Porque considero que uno debe ser valiente y consecuente con lo que publica. En cualquier caso, conviene tener esto en cuenta antes de proceder a su lectura. Muchas gracias]

 

Esta mañana cogí el metro -igual que ayer, que anteayer y que siempre-. Luego encontré un asiento libre y me senté -tal y como hago siempre que encuentro un asiento libre-. De repente, la chica que estaba sentada a mi lado comenzó a toser con bastante fuerza. Entonces, yo miré para otro lado, dejé de respirar un momento y me tapé la boca rápidamente -y eso yo no lo he hecho nunca, a pesar de que la tos y el metro siempre han sido como uña y carne-.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué fenómeno modificó mi conducta? Está claro, ¿no? el CORONAVIRUS.

¿La televisión? El coronavirus. ¿Una broma con amigos? El coronavirus. ¿Las redes sociales? El coronavirus. ¿Una llamada de tu madre? El coronavirus. Parece evidente que el metro tampoco podía quedar aparte. Y eso que yo creía venir “vacunado” de casa.

Vacunado de la sobreintoxicación informativa, me refiero. Yo que pensaba que estaba bien documentado y presumía de haber sorteado la psicosis colectiva, de repente me sorprendo dentro de esta demencial vorágine. Pude constatar al salir del vagón del metro, con estupor y tristeza, la diferencia entre consciente y subconsciente. Porque ellos actúan sobre tu subconsciente -goteando, goteando, goteando- hasta penetrar esa membrana que todos creemos impermeable -y que llamamos yo (¿qué queda de yo en mí?).

El simple hecho de plantearme esta última idea me ha tocado los cojones -que todavía son míos(?)-; tanto que me ha llevado a estar ahora mismo aquí, cumpliendo con una tarea que necesitaba para mí mismo y que, espero, pueda valeros también a todos vosotros. Así que, sin más dilación:

Bienvenidos a la habitación del pánico. Hoy, amigos, yo seré su guía.


Lo que sabemos del coronavirus

Vivimos dentro de una habitación pequeña fabricada desde los medios de comunicación. En ella, se encuentra el coronavirus. Y no podemos escapar de él. Se trata de una amenaza invisible pero que siempre está presente; como un dios macabro. Se respira las 24 horas del día -en las noticias, en las tertulias, en las redes, en la calle-. Ya estamos todos infectados… lo queramos/sepamos o no. Pero no del dichoso virus: estamos infectados de pánico.

No obstante, si lo que pretendemos es analizar nuestra situación con un nivel suficiente de objetividad, debemos tratar de abstraernos del pánico. Así pues, comenzaremos explicando de qué están hechas las cuatro paredes de esta claustrofóbica habitación.

Esto es lo que, de momento, sabemos a ciencia cierta sobre el coronavirus:

➡️ Aunque es muy contagioso, no es un virus letal. El porcentaje de fallecimientos respecto a los infectados ha oscilado entre el 2 % y el 4 % en la región del foco, Wuhan. No obstante, el porcentaje de fallecimientos fuera de China es apenas del 0,7 %.

➡️ El principal factor de riesgo es la edad (+60 años) y otros problemas previos de salud (principalmente cardiovasculares y respiratorios). Según el Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades (en un estudio realizado a mediados de febrero), de 0 a 9 años no ha habido muertos; entre los contagiados de entre 10 y 39 años, la mortalidad ha sido del 0,2%; sube al 0,4% entre los chinos de 40 a 49 años; y al 1,3% los pacientes entre 50 y 59 años. La letalidad entre los infectados entre 60 y 69 años es del 3,6%; del 8% en los enfermos entre 70 y 79 años; y del 14,8% entre los mayores de 80 años.

➡️ En cualquier caso, y dado que en muchas ocasiones los contagiados no experimentan síntomas, el índice de mortalidad real no está claramente definido. Los anteriores porcentajes son calculados con respecto a los casos identificados (y no todos los infectados lo son).

➡️ 3 de cada 4 casos se encuentran en Hubei, Wuhan; luego (al menos de momento) no se trata de una pandemia.

➡️ Desde el pasado 18 de febrero, las personas que se han recuperado de la infección o son dadas de alta cada día ya supera al número de casos que registran las autoridades sanitarias.

 

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Ante los primeros casos detectados en la Comunidad de Madrid, el Colegio de Médicos de Madrid ha lanzado un comunicado en el que afirma lo siguiente:

➡️ Que a pesar de tratarse de una enfermedad emergente con una transmisibilidad alta, su letalidad es muy baja.

➡️ Que se han tomado todas las medidas preventivas necesarias para reducir el número de casos entre la población sana.

➡️ Que, por ahora, la evolución de la enfermedad se está desarrollando como estaba previsto.

➡️ Que, ateniendo a los datos objetivos, la población debe saber que no hay que alarmarse.

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Cartel compartido por la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid

Además, lanzan un mensaje directo a los medios de comunicación, a los que piden:

➡️ Informar con rigor y datos reales, verificados y contrastados sobre este problema, sin recurrir a enfoques sensacionalistas que alimentan situaciones de miedo generalizado.

➡️ Seguir el decálogo de la campaña informativa «Contágiame de verdad, no de falsas noticias», en la que alertan de no dejarse llevar por informaciones malintencionadas o falsas.

Algunos medios, como ABC, han publicado artículos que parecen estar en sintonía con las recomendaciones del Colegio madrileño. De esta manera, para poner acertadamente las cifras en un necesario contexto, se ha recurrido a los datos arrojados por la gripe común en España:

“La gripe común causó durante la última campaña (2018/ 2019), solo en nuestro país, el doble de los muertos que ha causado el coronavirus en todo mundo hasta ahora (con datos del 28 de febrero). Concretamente, la gripe común causó 6.300 muertes en España durante el año pasado.”

Estas son más de 17 muertes al día por gripe común (sale a casi un fallecido a la hora). A su lado, el coronavirus parece un adorable caniche.


La suculenta utilidad del pánico

Si bien hasta ahora hemos analizado la composición visible de las paredes de la habitación del pánico, en esta ocasión analizaremos lo que hay detrás de las mismas:

En Psicología de las masas y análisis del yo, Sigmund Freud define el pánico como una variedad de la angustia asociada a las multitudes en descomposición. Se trataría de una angustia enorme y sin sentido, que se contagia entre los miembros de una masa psíquica -masa hasta entonces compacta y cohesionada en torno a una serie de lazos libidinales.

Para explicar mejor todo esto, el célebre psicoanalista utiliza la metáfora de la caída del General al mando de un ejército en guerra. Dice así:

El General fallece en pleno combate, frente a la mirada atónita de sus soldados. Y ante la pérdida del faro o referencia (el enlace libidinal) que este General simboliza, los integrantes de las tropas experimentan una sensación de total desamparo. En consecuencia, las antiguas órdenes del General se difuminan, la formación se rompe y cada soldado, ahora individualmente, huye de manera caótica. Lo que ha ocurrido aquí es que cada combatiente ha comenzado a preocuparse por su única y exclusiva supervivencia. La angustia experimentada por los integrantes de dicha tropa será tan gigantesca ahora, que acabará devorando la amenaza que representa el ejército enemigo; o sea, que la magnitud del peligro real ya no importa nada en absoluto; pues cuando el pánico se desborda, la amenaza está en el propio pánico -que se ha instalado profundamente en el “alma” del sujeto. Es imperativo, pues, nominar a un nuevo General que reconstruya los lazos libidinales rotos. Pero ¿quién -o qué- ocupará esa vacante?

Poniendo ahora el foco en otra parte, Naomi Klein (La doctrina del shock) sostiene que ciertos gobiernos se han servido de la psicología social para aprovechar en su beneficio el pánico generado por una crisis. ¿Su finalidad? Implantar medidas sumamente impopulares que serían imposibles de llevar a cabo en cualquier otra circunstancia. Valgan las palabras del economista de referencia de la rama más dura del capitalismo, Milton Friedman:

“Solo una crisis -real o percibida- da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que esa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable”.

En boca de la propia Klein, dicha maniobra consistiría en “esperar a que se produzca una crisis de primer orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor los pedazos de la red estatal mientras los ciudadanos aún se recuperan del trauma, para rápidamente lograr que las reformas sean permanentes”.

La sobredimensión artificial de una crisis provocará, entonces, un aumento en la sensación de pánico (independientemente de la amenaza real de dicha crisis), la cual:

➡️ por un lado, fagocita inevitablemente el resto de problemas y preocupaciones preexistentes en el seno de la sociedad (lo que abre la posibilidad de pastorear a la opinión pública);

➡️ y por el otro, habilita a los gobiernos para justificar todo tipo de atrocidades ante su ciudadanía: desde contiendas militares hasta recortes en los derechos y libertades civiles.

El truco consiste en que, a cambio, se ofrece una supuesta mayor seguridad que, además, será reclamada a gritos por los propios administrados. Y para cerrar este macabro círculo, Naomi Klein sostiene que todas estas medidas, inasumibles sin el citado shock, estarían encubriendo en realidad un enriquecimiento de las élites.

Sirva el siguiente gráfico como ejemplo visual de lo argumentado:

 

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¿Podría haber sido posible la aprobación de la prisión permanente revisable en España sin la amenaza del yihadismo? De la mano de todo ello se modificó también la definición legal de terrorismo, permitiendo perseguir conductas que nada tienen que ver con el terrorismo yihadista. O pensemos si no en los conocidos como “mileuristas”: pobres antes de la crisis y afortunados tras ella. ¿Hubiera sido aceptable eso sin el estrés generado por la citada crisis? Por no hablar de todas esas guerras que el imperio norteamericano todavía sustenta y justifica empuñando el atentado de 2001 a las Torres Gemelas. De una trascendencia mayor o menor, ejemplos de todo esto los hay a puñados.

Recogiendo las redes del pánico

A nadie se le escapa que la crisis del coronavirus encaja a la perfección dentro del shock definido por Naomi Klein. Pero ¿significa todo esto que hay una conspiración oculta? No necesariamente. Son las propias dinámicas del sistema capitalista las que se encargan de transformar este coronavirus en algo deformado y desmesuradamente monstruoso. ¿La razón? La de siempre: sacar rédito económico ante cualquier oportunidad. Y pocas oportunidades se presentan tan jugosas como una crisis de pánico para revitalizar la economía de cualquier empresa medianamente avispada.

Y como buitres a la carroña…

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El papel de los medios, las empresas y el Estado

– Los medios de comunicación, o los propagadores de la epidemia

Objetivamente hablando, ¿qué es lo que tenemos? Un auténtico estado de alarma generado por un virus que es menos letal que, por ejemplo, la gripe común. La diferencia es que los funerales causados por esta última patología no salen en prime time, mientras que el coronavirus absorbe toda la atención mediática. Minuto a minutos, conocemos con pelos y señales todos los avatares relacionados con el avance de la infección.

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Y siendo así las cosas, nadie pondrá ya en duda que la base del pánico social generado en torno al coronavirus hay que situarla en la execrable labor de los medios de comunicación. Estos en general -y los programas de tertulia en particular- han alcanzado niveles de audiencia récord al informar diariamente sobre la evolución de la infección a nivel global. No obstante, dichos medios, en plena pugna por hacerse con el mayor pedazo de pastel posible, compiten por ver quién lanza el titular más impactante. El fomento del amarillismo y del sensacionalismo está servido. Y es que, dentro de la lógica perversa de este sistema, todo vale mientras se genere dinero.

 

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“El mundo se está convirtiendo en una caverna igual que la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad” (José Saramago)

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– Las empresas y el Estado: ¿Miedo al contagio, o a la opinión pública?

Tal y como recordábamos antes, el coronavirus resultaría menos letal que un viejo conocido de todos nuestros inviernos: la gripe común. Y siendo así las cosas, las reacciones empresariales y políticas ante el coronavirus, ¿lo serán al virus en sí, o más bien al estado de alarma que se ha generado en torno al mismo? Veremos.

Un acontecimiento reciente relacionado con el coronavirus ha llamado mucho la atención: la cancelación del Mobile World Congress de Barcelona. Muchos no han tardado en insertar esta maniobra dentro de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. No obstante, y regresando de nuevo a los datos objetivos, resultaría lógico concluir que dicha cancelación no obedece tanto a un miedo real asociado a la salud pública, como a que ninguna empresa quiere que su nombre se vea manchado por un posible contagio en todas las portadas de los periódicos del mundo.

En cuanto a los Estados de todo el mundo, estos asumen el rol de tratar de contener la expansión de la epidemia. No obstante, podríamos afinar aún más el tiro diciendo que los gobiernos están tanto o más interesados en contener el pánico social que a la infección en sí, conscientes de que la auténtica “Espada de Damocles” se encuentra en la opinión pública.

Y lo explico: una mala gestión de la infección (ya sea esta real o percibida) podría asestarles un golpe mortal. En ese sentido, el ya de por sí convulso gobierno de Italia ha de cerrar las escuelas, universidades y estadios de fútbol, pues sabe bien que, en caso de que se le tache de tibieza en su gestión de la crisis, acabará fulminantemente expulsado del poder.

En resumen, ningún gobierno de un país democrático puede permitir que se generalice una opinión negativa sobre su gestión política del coronavirus; pues eso sería como firmar su propia sentencia de muerte.

Y agoreros, nunca faltan…

 

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En este punto, cabe recordar que, en algún lugar sin focos, se encuentran millones de vacunas de la gripe A que nunca jamás se usaron. El Gobierno español invirtió ingentes cantidades de dinero público en adquirirlas, mientras que determinados laboratorios se enriquecieron gracias a un alarmismo social que, con el paso de los años, se ha demostrado absolutamente sobredimensionado.

Actualmente, el coronavirus no tiene vacuna.

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En conclusión, podríamos resumir el papel de los medios, las empresas y el Estado de la siguiente manera: los medios generan la alarma; la opinión pública entra en pánico; los Estados y las empresas reaccionan a dicho pánico -y al hacerlo, lo robustecen-; y los medios, finalmente, sostienen la alarma generada; luego estamos en una auténtica espiral del pánico.

Pero regresando a la metáfora de Freud, ¿qué tenemos en la actualidad?

➡️ Unos medios de comunicación encargados de recordar a cada instante la trágica pérdida del General;

➡️ Los intentos de los Estados de erigirse como ese nuevo Gran General, capaz de recuperar la estabilidad social quebrantada;

➡️ El surgimiento de multitud de pequeños postulantes a General que, si bien no restituyen los lazos libidinales rotos, se postulan como los posibles gestores del pánico generado.

El shock debe continuar por el bien de todos ellos, a costa de una población angustiada que demanda el anzuelo y que se aferra al mismo como su única salvación posible; y es que mercadear con el miedo resulta altamente lucrativo. Paralelamente, los gobiernos harán todo lo posible por resistir la embestida del coronavirus; y si es posible, fortalecerse y legitimarse con ella. No escatimarán en esfuerzos para lograrlo, mientras las empresas continuarán invirtiendo en el rentable negocio de la inseguridad.

Los hechos son los que son; los precedentes, están ahí. Sirva el presente artículo para conocer la estructura interna y externa de la habitación del pánico en la que nos han metido a todos. El resto de conclusiones, son solo tuyas.


FUENTES CONSULTADAS:

* NOTA ACLARATORIA: Esto no es un alegato en contra de la precaución, sino en contra del pánico.

Un comentario en “¡Coronavirus! (o la habitación del pánico)

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