[Diario de un confinamiento] Infierno/mundo infecto

Inmensas alas de cisnes negros se arremolinan majestuosas en el cielo de este triste sueño que es tan real como un virus. Lágrimas de silencio descienden como anticiclones a la tierra, regando los corazones de ávida quietud. Cíclopes reinan bajo la invisible lluvia/pastorean este circo loco/recogen las redes en las que las bestias aprisionadas/enredadas/engatusadas justifican la necesidad del látigo que tatúa sobre sus espaldas cicatrices. Aplausos a media tarde/asta maquillan cualquier miseria, recuerdan la unidad de la sangre que se olvida poco después, cuando las unicidades prometen/juran otra vez “resistiré” para regresar entonces al interior de sus jaulas a medida. Resistir, sí ¿pero para qué? El miedo a la muerte ya no es nada comparado con el pavor de estar muriendo poco a poco enterrado vivo. Una existencia reducida a funciones básicas: comer, dormir, cagar, masturbarse, comprar, pagar, producir -si eres de esos afortunados-. ¿La solución? Decir que el tratamiento ha llegado demasiado tarde/lejos -pero no así la enfermedad-; promover placebos como medicina alternativa/manifestaciones en coche para reequilibrar el veneno del aire; reabrir el baúl de las excusas/los telones acerosos/la caja de Pandora en la casapuerta del enemigo; política sulfúrica disolviendo los propios criterios/argumentos/cerebros de eternos votantes que esperan en la vanguardia del odio. Una incoherencia onírica se ha adueñado del panorama. Las manos están atadas a la garganta; los ojos son dos pantallas que miran adentro del cráneo, iluminando regiones oscuras/vacuas/inoperantes. Las paredes de las cavernas reflejan ahora las sombras que cada cual se fabrica con sus platónicas manos. Figuras reconocibles desfilan por la plaza de plasma mientras que el pueblo les arroja piedras/huevos y tomates: así exorcizan sus pecados/miserias, así se desfogan/se desahogan sus frustraciones, así las enrabietadas voces que se desatan se rebelan contra los Dioses imperfectos que sustituyen en el fondo nuestro profundo miedo a ser libres. Los tentáculos del Gran Hermano echaron raíces en los cerebros; la Mano Invisible penetró los anos como una extensa colonoscopia mientras que el pueblo llano, o sus almas, levitando fuera del cuerpo, gravitan inconscientes en algún rincón confinado de casa. Comienza la cuenta atrás hacia un infierno todavía más árido…

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