Pobre

Su látigo sonoro me revienta las legañas. Acto seguido, soy preso de sus ansias. Otros como yo consideran sagrado cada acto, cada suspiro, cada bocanada que ha de servirse como tributo al Gran Aparato. Incendios imaginarios prenden nuestras almas mientras los pájaros juegan entre las ramas de los árboles.

Los segundos corroen cada palmo de tu cuerpo esclavo, rigen las horas que firmaste libremente coaccionado. El diablo ostenta ya tu alma en su contrato: Enhorabuena, formas parte de este infierno, ya eres miembro, ya puedes vivir entre las llamas del mundo

siendo
ceniza
que
se
cree
fuego.


Carta en una botella

No debes abandonar por mí, sirena, tus negras profundidades, ¿y qué serán estas jaulas de aire frente al aleteo libre de un pájaro de mar? Además, el sol y el calor resecarían tu húmeda piel y tu eterna belleza se oxidaría. Tú hazme caso a mí, pequeña, que de malas experiencias sé que he de conformarme solo con verte algunas noches de marea baja y luna llena. De anzuelo usaré mi corazón, que devorarías por venganza si yo te arrastrara conmigo tierra adentro, tal y como antes hizo alguien como tú, con cuya raspa inventé un collar y cuyo reflejo aún me atormenta cada vez que me miro al espejo. No te sofoques más, cariño, volveremos a quedar al borde del océano, tu guardián, con la orilla y sus conchas de testigo. Los granos de arena se convertirán de nuevo en estrellas cegadoras pegadas en nuestra piel. Esa es la única manera, sirena, que tú y yo tenemos de poder amarnos en serio. Tan solo si permaneces en tu basto mundo de anémonas voy a poder fabricarte un universo dentro de esta agarrotada ensoñación que llamo Vida.


Pelusas de pánico en el ombligo

Suena ese clic que nunca la historia quiso volver a oír; pero nadie, salvo su teclista, lo escuchó.

***

Cruzó el paso de cebras con la precaución de quien se sabe en peligro si no pisa esas rayas blancas que, como balsas salvadoras, rescatan al pobre hombre de un cruel destino. De un breve salto, pasa a las baldosas grises de la otra acera y continúa en estricta línea recta, sorteando la trampa de las terribles baldosas rosáceas que le atemorizan como flechas envenenadas a ambos lados de su camino. Poco después, aterriza frente al portal e introduce la llave limpiamente en la cerradura. La gira nueve veces; a la décima, accede a la aparente seguridad de su apacible bloque de pisos. Y es que el peligro no ha terminado todavía, quedan muchas minas que sortear hasta llegar al ascensor, esas blancas serpientes que escoltan en zigzag su camino con la malicia de un asesino en serie silencioso; pisarlas sería peor que volar por los aires en una selva de humanas guerras. Llega al robusto portón metálico del elevador y pulsa su botón diez veces exactamente, y qué rápido lo hizo, que si este acudiera antes de que finalice su ritual, nada bueno podría pasarle. Una vez dentro del habitáculo, la tecla del cuarto piso se ilumina con el primer contacto, que repite hasta en nueve ocasiones para asegurarse de que el trayecto es ese que debe ser. Su pie derecho es el primero en escapar del ascensor y poner rumbo hacia la vivienda, otras nueve veces gira la llave para abrir la puerta al décimo intento, pues no querría que la tragedia se cebara con su suerte estando ya tan cerca de cumplir su vital objetivo. Una vez dentro de la casa todavía no está plenamente a salvo, aún le queda lavarse las manos con el jabón rosa, el blanco y el azul, por ese estricto orden, es cuestión de vida o muerte. Acto seguido, ya puede quitarse la mascarilla FFP2. La echa a lavar en agua tibia y se da un ligero toque final con su gel hidroalcohólico de calidad premium, el más caro y exclusivo que encontró buceando en la red.

***

Un misil termonuclear se aproxima en estos momentos hacia las coordenadas que este hombre pisa

con la tranquilidad

de haber

sorteado

con éxito

todos

los peligros

que le

atormentan

.


Siniestro total

Para ti es estrecho, comprimido, asfixiante, atosigante, estresante, claustrofóbico. No es más que el obstáculo que separa tu anhelo de su satisfacción, la ansiedad de sus segundos punzantes sobre tu impaciencia, la muerte que se te tropieza, y husmea, y amenaza la vida que crees merecerte desde ya.

Para mí es dilatado, amplio y profundo. Me gusta merodearlo, tratar de descubrir todo lo que esconde, con calma, con tranquilidad. Una vez he acabado, me paro a meditar sobre lo que he visto, como si sus horas nunca fueran a acabarse, tan equivocado como los dioses que aún no saben que no existen.

Venías tan rápido y yo tan lento que chocamos frontalmente en ese punto en el que espacio y tiempo colisionan. Mi volantazo no sirvió de nada; el tuyo, además, te hizo dar mil vueltas de campana sobre el caliente asfalto.

En medio de la carretera, separados ya por un abismo de kilómetros, nuestros respectivos coches arden.


Las cavernas de Platón

—Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea. Dicha caverna está provista de una única puerta de entrada, la cual solamente se permite traspasar para ir al trabajo o a hacer la compra. Los prisioneros que allí residen pueden moverse libremente, siempre que lo hagan dentro de la propia caverna. Sin embargo, están atados a un pequeño artefacto por sus manos. Un artefacto capaz de reflejar las sombras que aquellos hombres deseen contemplar en cada momento.

—¡Qué extraña escena me describes! ¡Y qué extraños prisioneros son esos!

—No deberían parecerte tan extraños, Glaucón, pues esos hombres son iguales a nosotros.

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Al Ándalus distopía Palestina

Al-Ándalus: ¿Cómo te sentirías tú?

2037

Estos son los primeros años tras la caída del Imperio de las barras y estrellas, potencia hegemónica durante los dos últimos siglos. Toma ahora su relevo la República Popular China, un vasto territorio que se hizo a sí mismo a través del trabajo incansable y casi heroico de su gente. Un planeta bilingüe –idioma materno e inglés– comienza ahora a hablar con fluidez el chino mandarín tras los nuevos acuerdos alcanzados entre China y los países de la Unión Global (UGLOB –organismo sustituto de la ONU, con sede en Pekín–), con la consiguiente adopción de reformas educativas que van instaurando al mandarín como segundo idioma en la mayor parte de las escuelas de todo el globo. La influencia ejercida por una potente industria cultural con raíces en el país asiático ya inunda al mundo entero con su cine, sus series y sus músicas –y, junto a estas, como pack indivisible, también con su lengua, sus costumbres y sus cosmovisiones–.

Antes, durante las cinco décadas que preceden a esta historia, las políticas expansionistas de los Estados Unidos de América degeneraron en un panorama escalofriante de guerras, destrucción y exterminio del pueblo árabe. Siria, Libia, Afganistán, Pakistán, Irán, Iraq o Palestina fueron cayendo, un país tras otro, bajo el fuego enemigo y el polvo. Víctimas de aquel genocidio murieron asesinados más de cincuenta millones de musulmanes, mientras que la destrucción, la miseria, la contaminación y la radiación dejaban las extensas zonas que antaño abarcaban aquellos países prácticamente inhabitadas e inhabitables.

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Cartas a Tarrou

La dimensión de una amistad es tan frágil como el resultado de una PCR. Nadie quiere ser amigo de un apestado, Tarrou. ¿Recuerdas cuando entregaste tu vida en Orán? Pues hoy los vivos son amenazas, los enfermos no tienen rostro y los muertos son solo un número. Por favor, hazme un hueco en el cielo o en el infierno en donde mueren los personajes ficticios.

La realidad apesta más que nunca en estos tiempos, amigo.


¿Y tú qué sabrás, cariño mío?

-¿Y tú qué sabes de España si eres moro, cariño mío?
-No sé, señora. Elaboré una enciclopedia médica para curar a los cordobeses y el resto de peninsulares. Fui juez y trabajé por la justicia en las Cortes de Sevilla y Córdoba. También legué algunas obras filosóficas…
-Ya, pero es que eres moro.
-Entiendo… Y usted, ¿qué sabe hacer?
-¿Yo? Sé no atragantarme con mi propia saliva la mayor parte del tiempo. ¡Ah! Y también sé ser española.
-Ah. Pues tiene mérito.
-Sí.

Conversación imaginaria entre Averroes y esta señora