Cartas a Tarrou

La dimensión de una amistad es tan frágil como el resultado de una PCR. Nadie quiere ser amigo de un apestado, Tarrou. ¿Recuerdas cuando entregaste tu vida en Orán? Pues hoy los vivos son amenazas, los enfermos no tienen rostro y los muertos son solo un número. Por favor, hazme un hueco en el cielo o en el infierno en donde mueren los personajes ficticios.

La realidad apesta más que nunca en estos tiempos, amigo.


¿Y tú qué sabrás, cariño mío?

-¿Y tú qué sabes de España si eres moro, cariño mío?
-No sé, señora. Elaboré una enciclopedia médica para curar a los cordobeses y el resto de peninsulares. Fui juez y trabajé por la justicia en las Cortes de Sevilla y Córdoba. También legué algunas obras filosóficas…
-Ya, pero es que eres moro.
-Entiendo… Y usted, ¿qué sabe hacer?
-¿Yo? Sé no atragantarme con mi propia saliva la mayor parte del tiempo. ¡Ah! Y también sé ser española.
-Ah. Pues tiene mérito.
-Sí.

Conversación imaginaria entre Averroes y esta señora




[Diario de un confinamiento] El profeta

¡Silencio! Que habla el profeta. Y otra vez nos dice que nadie debe entrometerse en el libre baile del sacrosanto mercado. Que si las mascarillas están caras, es solo porque así lo quiso la providencia de su mano invisible, la cual se encarga de darle a cada cual lo que efectivamente se merece. Así, el fiel que se haya esforzado lo suficiente para tener mucho dinero no tendrá problemas en comprar mascarillas para sus gatos, mientras que los vagos e infieles que no lo hicieron deberán elegir entre comprar mascarillas o comer. Que el totalitario y apóstata Estado no debe fijar un precio máximo de un euro para este producto que apenas costaba un puñado de céntimos hace cuatro o cinco meses, ya que eso generará un desabastecimiento bolivariano y una pérdida importante de beneficios para unos pastores ya desangrados por los impuestos. “¿Pero cómo van a tener los incapaces derecho a quitarle las mascarillas a los más válidos?”, proclama veladamente este honorable profeta. Que eso es antieconómico, y que las mascarillas deben permanecer en los estantes esperando a que la selección natural haga el resto del trabajo divino. Que el hombre no debe usurpar la obra de Dios y que para los pobres, ya está Cáritas. Palabra del señor (te adoramos, óyenos).


[Diario de un confinamiento] Los ojos son el espejo del alma

Un sinfín de confinados ojos aglomerados tras las ventanas se funden con los cristales y maldicen su mala suerte. Ya quisieran tener un balcón desde donde poder contemplar el retorno de la alegría de estar vivos a la ciudad, tras una cuaresma de quieto silencio y perros. Sin duda que la ocasión lo merece, hoy no hay más tele que la calle, aquella efervescencia infantil que demuestra que los niños no se han olvidado de serlo; aunque las mascarillas amordacen el recuerdo de cuando podían escupir libremente entre las rendijas. Ni ellos, ni tampoco sus padres, parecen tener consciencia de sus ojipláticos espectadores; quizás tampoco les importe demasiado haberse convertido en los protagonistas de un espectáculo extraño; porque lo que extraña es precisamente la normalidad. Una normalidad anormal. Aunque ya no se sabe de qué lado queda la anomalía, ya que los ojos no miran por disfrutar la prometida cabalgata; al contrario, se contaminan con ella, enrojecen de pura cólera. ¡Puto gobierno! Panda de rojos… Leer Más


[Diario de un confinamiento] La realidad en otra parte

Infructuoso es el intento de abrillantar una sombra a besos, cuando los labios están secos como la piel de la luna. Brillan sin embargo las sombras bajo los pies del camaleón y en la silueta de la cigüeña, la del gran torreón del abeto y la del fragor de la batalla del amor a oscuras. Humaredas de un silencio irrestricto dominan más allá de lo invisible, donde las cosas no ocurren no por ser perezosas, sino porque la naturaleza puede explayarse allí, a gusto, sin que le diga nadie. Pocas lecciones podemos darle a la esencia de la vida que se manifiesta de una manera u otra, por más cadenas que inventen. Nada pueden contra el grito del alma que anhela un momento de tranquilidad frente a si misma; y así poder mirarse a los ojos, solo eso, en silencio, sin decirse nada, ¿para qué? Las palabras involucionarán algún día hasta llegar al primer gruñido de piedra; entonces, el ruido dejará de buscar artificios para mostrarse: que no hay en el ser mayor belleza que ser. Absurdo es pedirle explicaciones a la luz que no responde, sino canta; que canta tan solo porque cantar es lo que hace, haciendo danzar a los ojos con su iluminado ritmo. Soltemos la cólera, cortemos las redes de esta telaraña opaca y densa que tanto nos asfixia el alma con tanto excremento inútil. Que no te engañen sus luces artificiales y eléctricas: dentro se esconde el pozo más ponzoñoso y oscuro. Despeja la X del expediente, que la verdad está ahí fuera. La realidad en otra parte. Por más que te la prohíban.