Euthanäsia

Abro los ojos y necesito de tu abrazo para comenzar el día, pero solo tengo tabaco en la habitación: me abrazaré con su pestilente humo. Toso y apunto estoy de vomitar. Me viene a la mente un recuerdo olvidado durante las horas de narcosis: es mi vida. Derrumbada, tal y como está: podrida y muerta por dentro, por culpa de los pequeños detalles. Qué absurdo es todo en la vida.

Por una serie de casualidades, las percepciones de los demás pasan de ser unas a ser las opuestas. Cuando en el fondo la realidad no ha cambiado, no ha tenido tiempo de hacerlo. De una semana a otra o de una hora para otra surge un planeta, una guerra, un funeral. Todo pasa de blanco a negro en frente de mis narices, y yo nunca he dejado de ser gris. Todo me parece de mentira ¿así cómo coño voy a estar conforme?

Me pregunto si el “Gran Hermano” de Orwell solo fue el nombre que él puso a aquello que siempre ha existido en el mundo. El Poder y el Gobierno no se ejercen exclusivamente desde el plano de la exclusión económica y con el monopolio de las ostias (consagradas y no consagradas); este poder del que hablo reprime tanto o más que todas esas decisiones que nos limitan desde los altares y parlamentos; este gobierno que digo indica, reduce y reconduce con igual o mayor eficacia el marco de las actuaciones permitidas en la vida. Cada unidad viviente son unas cámaras y micrófonos, sus cerebros son imperfectos discos duros que almacenan retazos sueltos, sus bocas son altavoces constantes de críticas y denuncias. Y no hablo de críticas sociales, ni de denuncias a la injusticia: hablo de puro tomate, de morbosidad, de construcción de monstruos que permitan elevar el espíritu al denunciante. Hablo de vidas vacías que se llenan de pura mierda, gente que busca constantemente una presa a la que despedazar, para poder vacilar después en manada de que ellos están por encima, que no son iguales que el señalado, que su moral y su vida sí siguen la norma socialmente establecida como bien supremo. Y hacen daño, mucho daño. Ya no a mí, que me suda los huevos lo que se diga o lo que se interprete sobre mis dichos y actos, sino a mis seres queridos.

Y llega el Santo Tribunal de la Inquisición. La gente es capaz de construir una historia firme de unos indicios que no comprenden, y de encajar, aun con calzador, cada palabra oída para que todo cuadre y pueda servir de alegato, para que todo ocurra en el plano del intelecto. Supongo que así deben sentirse más inteligentes. El ser humano es puro fuego, y solo uno mismo puede saber cómo arde en cada momento. Una ráfaga avivada por una fuerte racha de viento solo conforma lo visible, y no implica que la ciudad tenga que ser incendiada. Muchos deben creerse que son calderas perfectas… qué lejos de comprender la naturaleza humana. Qué ciegos… y qué egoístas. Jamás seréis conscientes de las lágrimas que se derraman en torno a cada crucifixión, especialmente cuando derrumbáis con mentiras las expectativas que la gente ha depositado sobre vuestra víctima… sobre mí. Son esas lágrimas que caen de los ojos que quiero las que sí pueden derrumbarme. Joder, y lo han terminado haciendo.

A veces no puedo dar crédito, no sé si estoy soñando o si estoy despierto, me siento tan aturdido que no comprendo ni dónde estoy ni qué cojones es este mundo que tengo delante, y necesito una buena ducha para volver a pisar esta tierra que parece abrirse y desmoronarse bajo mis pies desnudos. No soy un buen guerrero: me gustan las cosas fáciles. Y nada es fácil en esta vida. He construido mi vida entera en torno a lo fácil. Por eso no existo a efectos prácticos en el mundo; tan solo existen las historias que se cuentan: despedazados pedazos cubiertos de algo parecido a mí, pero que nunca termino de ser. A veces me parece todo tan ridículo… ni yo mismo me libro ¿quién es tan listo como para librarse?

Te echo de menos. Y te echaré más, si todo va a seguir, como parece, por esta senda; no me mentalizo. Dices que te mueve el amor. A mí me mueve el viento, porque estoy hecho de papel; soy el papel en el que escribo. El viento también trae amor, a veces. Otras veces son los soplidos los que lo ahuyentan.

Toso y no dejo de toser. Creo que me gusta tanto fumar en ayunas porque me destruye. Hay una gran parte en mí a la que le encanta autodestruirme ¿será el afán del caos por apoderarse de mi cuerpo, o la fuente de luz de un sendero haciendo mella en mi nuca –tirando de mí, impidiéndome avanzar hacia la oscuridad, burlando al libre albedrío, destruyéndome sólo para después construirme en lo que he perdido…

en lo que de verdad soy?

 

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