El humano bucle

La derrota genera cansancio,
el cansancio genera cobardía,
la cobardía te hace mirar al pasado
y el pasado, disfrazado,
te mira
a los ojos

y no lo quieres
ni ver,

porque en el fondo,
en cuanto obtienes una victoria,
todo adquiere su sentido…

Entonces, el pasado se convierte en un estorbo,
el presente se transforma en un Dios,
y tú
en un acérrimo súbdito de la religión
de tu deseo
cumplido
al fin
como un milagro imposible,

como una mentira preciosa
que pronto
te regresará al bucle.



Crucifixión

Puse clavos en mis manos y me colgué en las alturas para observar mejor mi propia destrucción.

Ahora puedo ver mi sangre recorrer cruz abajo el camino que lleva hacia el suelo que me abandona

y pintar con ella suavemente mi dolor en el mundo.

Ya a lo lejos, allí donde mi vista se pierde para siempre, descubro a mi antigua alegría retozando con el horizonte,

danzando como un orgasmo,

poniéndome los cuernos,

haciendo sus propios planes.

Sé que debo desintegrarme para poder resucitar
y, quizás,
con un poco de suerte,
volveré a la vida cabalgando
a lomos
de una próxima luna de agosto.






Pobre

Su látigo sonoro me revienta las legañas. Acto seguido, soy preso de sus ansias. Otros como yo consideran sagrado cada acto, cada suspiro, cada bocanada que ha de servirse como tributo al Gran Aparato. Incendios imaginarios prenden nuestras almas mientras los pájaros juegan entre las ramas de los árboles.

Los segundos corroen cada palmo de tu cuerpo esclavo, rigen las horas que firmaste libremente coaccionado. El diablo ostenta ya tu alma en su contrato: Enhorabuena, formas parte de este infierno, ya eres miembro, ya puedes vivir entre las llamas del mundo

siendo
ceniza
que
se
cree
fuego.


Carta en una botella

No debes abandonar por mí, sirena, tus negras profundidades, ¿y qué serán estas jaulas de aire frente al aleteo libre de un pájaro de mar? Además, el sol y el calor resecarían tu húmeda piel y tu eterna belleza se oxidaría. Tú hazme caso a mí, pequeña, que de malas experiencias sé que he de conformarme solo con verte algunas noches de marea baja y luna llena. De anzuelo usaré mi corazón, que devorarías por venganza si yo te arrastrara conmigo tierra adentro, tal y como antes hizo alguien como tú, con cuya raspa inventé un collar y cuyo reflejo aún me atormenta cada vez que me miro al espejo. No te sofoques más, cariño, volveremos a quedar al borde del océano, tu guardián, con la orilla y sus conchas de testigo. Los granos de arena se convertirán de nuevo en estrellas cegadoras pegadas en nuestra piel. Esa es la única manera, sirena, que tú y yo tenemos de poder amarnos en serio. Tan solo si permaneces en tu basto mundo de anémonas, voy a poder fabricarte un universo dentro de esta agarrotada ensoñación que llamo Vida.


Pelusas de pánico en el ombligo

Suena ese clic que nunca la historia quiso volver a oír; pero nadie, salvo su teclista, lo escuchó.

***

Cruzó el paso de cebras con la precaución de quien se sabe en peligro si no pisa esas rayas blancas que, como balsas salvadoras, rescatan al pobre hombre de un cruel destino. De un breve salto, pasa a las baldosas grises de la otra acera y continúa en estricta línea recta, sorteando la trampa de las terribles baldosas rosáceas que le atemorizan como flechas envenenadas a ambos lados de su camino. Poco después, aterriza frente al portal e introduce la llave limpiamente en la cerradura. La gira nueve veces; a la décima, accede a la aparente seguridad de su apacible bloque de pisos. Y es que el peligro no ha terminado todavía, quedan muchas minas que sortear hasta llegar al ascensor, esas blancas serpientes que escoltan en zigzag su camino con la malicia de un asesino en serie silencioso; pisarlas sería peor que volar por los aires en una selva de humanas guerras. Llega al robusto portón metálico del elevador y pulsa su botón diez veces exactamente, y qué rápido lo hizo, que si este acudiera antes de que finalice su ritual, nada bueno podría pasarle. Una vez dentro del habitáculo, la tecla del cuarto piso se ilumina con el primer contacto, que repite hasta en nueve ocasiones para asegurarse de que el trayecto es ese que debe ser. Su pie derecho es el primero en escapar del ascensor y poner rumbo hacia la vivienda, otras nueve veces gira la llave para abrir la puerta al décimo intento, pues no querría que la tragedia se cebara con su suerte estando ya tan cerca de cumplir su vital objetivo. Una vez dentro de la casa todavía no está plenamente a salvo, aún le queda lavarse las manos con el jabón rosa, el blanco y el azul, por ese estricto orden, es cuestión de vida o muerte. Acto seguido, ya puede quitarse la mascarilla FFP2. La echa a lavar en agua tibia y se da un ligero toque final con su gel hidroalcohólico de calidad premium, el más caro y exclusivo que encontró buceando en la red.

***

Un misil termonuclear se aproxima en estos momentos hacia las coordenadas que este hombre pisa

con la tranquilidad

de haber

sorteado

con éxito

todos

los peligros

que le

atormentan

.