La paradoja de la pareja

Se ha enfadado conmigo la subnormal. Hay días que desde que escuchas su primera palabra, sabes que todo acabará en bronca. El motivo del mosqueo es demasiado ridículo como para narrarlo, y rezuma egoísmo por los cuatro costados –por supuesto, también por los míos. Al principio, quise dejarla ahogarse sola con su veneno, pero me ha acabado picando con su aguijón entre los huevos y el culo. Puedo pasar de estar súper relajado a la cólera más absoluta por un pequeño detalle; soportar torbellinos y temporales, y acto seguido venirme abajo a causa de una mosca molesta. Es curioso cómo el mal humor actúa, es un agujero negro que todo lo absorbe y lo tritura dentro de su inmensa oscuridad eterna; nada escapa a él, y mucho menos las nuevas tecnologías –es #MalHumor2.0. Aquella o aquel que lo ve todo negro quiere que todos a su alrededor queden ciegos, y les tira piedras a los ojos ¿Pero a santo de qué dios creemos que hay justicia en rebajarnos todos al nivel más bajo? Con lo que a mí me cuesta subir las cuestas, con lo caras que están las alegrías y el optimismo, con lo que me he ESFORZADO por escapar de la DEPRESIÓN y el ABURRIMIENTO y escupir en el pozo del que he salido, ahora parezco la víctima de un sucio complot. A la mínima que levanto un poco la cabeza, un martillazo me la aplasta ¡Me cago en todos mis muertos! Me cago en mi humanidad. Y yo masturbado para conservar la supuesta cordura… ¡AY!

A veces me pregunto qué coño estoy haciendo aguantando todas estas imbecilidades. Será que yo soy también un imbécil….

 

*  *  *

“Qué vas a hacer hoy” “Quieres que nos veamos luego” “Y cenamos juntos”.

La estoy castigando. Me doy cuenta. No es un comportamiento planeado, me emana solo del ego, me sale como por instinto. Y no tengo ganas de controlarme. No castigo con la acción, sino con todo lo contrario. Cuanto más exagerada me parezca una reacción, cuanto más se aleje de mí su lógica, más vehemente se vuelve mi herida –una herida que nunca debió abrirse-, más fuerte se vuelve el oleaje de mi indiferencia puntiaguda. Veinticuatro horas seguidas de tonterías no se esfuman en el segundo que tú decides que ya es suficiente, no: Hoy No Tengo Ganas De Verte –y ahora mismo, nunca más las tendré. Pero supongo que esto es sólo una fiebre, una fiebre que brotó en ella y que me ha contagiado, y el hecho de que se le haya pasado hace precisamente que en mí surja con más virulencia. Supongo que la gente sufre por verdaderos problemas, lo cual me hace sentir más idiota. Puede que por eso mismo se queme el bosque con un eructo. Una vida vacía, absurda, busca también tener sentimientos reales y potentes. Una vía láctea sin estrellas, se las inventa. La angustia aparece sin motivo, porque su estado natural es aparecerse. O puede que suponga todo mal, y que todo el mundo sea como yo, y que todo sea tan absurdo y esta vida una auténtica farsa. Los humanos somos una gran farsa –al menos, los humanos más acomodados, los que vivimos dentro del cuento.

A veces, un pensamiento arde bruscamente sólo porque nuestro cuerpo necesita llamas; sólo buscabas una excusa para poder arder…

“Dime…”, dice.

Puedes esperar sentada.

 

*  *  *

Un saludo erizado, bienvenida odiosa, aceitoso repelente acento –fue el principio de una tarde de mentira, puro y triste trámite. No pasaron ni cinco segundos y ya había recibido el impacto de un cohete. Yo me preguntaba qué coño estaba haciendo allí –pero es tan bonita, tan pequeña esa morena… que se me derrite el alma como un helado en un crematorio. Los pasos son silenciosos, crispados, ella habla poco y no digo nada –no hay nada mejor que decir, nada que pueda decir es tan importante como para ganarse el esfuerzo de mis labios. Zigzags agotados y molestos sorteando cuerpos monótonos hacia un destino aprendido: la inercia y el bostezo se han apoderado de mí, como un mal espíritu demoníaco. Todo es tenso, enrarecido, silencioso en ese aire tan desaprensivo que nos aprisiona ¿algo se ha muerto entre nosotros? ¿es solamente cansancio? Una cerveza en patético vaso de cumpleaños y un asqueroso caldo verde de azúcar para ella, más silencio y otra cerveza: los ingredientes previos de una conversación incipiente que de repente se pone TENSA. Ahora entiendo mejor la utilidad del silencio –acaba de irse y YA lo estoy echando en falta… –¡Ay, ausencia de voz, bésame de nuevo con tu límpida lengua de nada!-. La caldera que ella contiene echa humo y tiembla, tiembla, tiembla. Su color pasa de gris pálido pastoso a un rojo incandescente. Va a explotar, lo presiento, explotará… ¡LA CALDERA ESTALLA! ¡Metralla por todas partes; ¡estruendo y aullidos punzantes; ¡confusión! ella Confiesa: “Eres Un Gilipollas”, me dice. Puede. Y además, coge y se explica: ‘tus palabras’. Dice que son MIS PALABRAS. Que mis palabras se le clavan como navajas afiladas en las axilas, mis palabras son trituradoras de carne caliente, mis palabras son penetraciones anales con rabos de negro. Que mis palabras son tijeras ciegas que mutilan órganos e intestinos, mis palabras son cuchillas sucias afeitando postillas, mis palabras son tribunales nazis de guerra contra los humanos. Mis palabras aturden, sangran, y hacen sangrar a los demás por los ojos –o al menos, a los ojos de ella. Soy un violador, un asesino, un cerdo… parece ser. Reconozco que me divierte el punzamiento de juguete… pero de ahí al desgarro… no sé, no era consciente de que mis palabras podían herir tanto, no… y menos de esa manera. Mis bromas son duras ostias con la mano abierta. Mi mano delgada y huesuda es para ella gigantesca y verde. Mi más auténtica palabra, mi verdad espontánea, desgarradora, helada y seca como la muerte, no es apta para todos los oídos –puede que para ninguno; no para los tuyos, desde luego. Queda claro. Cristalino. Sus oídos son delicados y tiernos. Sus odios son pusilánimes, acumulativos, pasionales, puritanos, farsantes. Ella es Princesa Disney, yo soy Republicano Confeso, ¿QUÉ LE HAGO? No queda reconciliación posible, no hay nexo, no hay nada. Puede que sea por eso que el silencio ya venga espontáneo. Las balas se atragantan en la garganta, instintivamente, tratando de rascar un poco más de tiempo a la mentira antes que aguijonear lo poco que queda del terciopelo fraudulento de ese corazón que creamos. Como una costumbre subterránea y oculta a la vista, mecanismo de defensa maquinalmente subconsciente, sueño empeñado en mirarse su propio reflejo de falso Narciso en un lago turbio, evitamos el advenimiento de una Pesadilla con garras, gorro y la horrenda cara de Freddy Krueger. Pero así es como se quieren la mayoría de los matrimonios –algunos, aun esto, lo llamarán amor…

…y ahora que han pasado algunas horillas desde todo aquello, puede que yo también; la echo de menos ¿alguien lo entiende?

Soy gilipollas, sí. Sin dudarlo ¿y quién no?

 

*  *  *

“Qué vas a hacer hoy” “Quieres que nos veamos luego” “Y cenamos juntos”.

Ahora es ella quien me contesta con su indiferencia…

La venganza en el amor es cuando más fría se sirve…

Pues muy bien: cenaré solo en casa un buen plato de venganza helada, aderezado con esa salsa que emana de mi cerebro en estado líquido.

 

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