El pobre pide limosna y el gitano grita en la cárcel

Un gitano ha sido detenido, y el pueblo entero lo mira con reproche y odio. “La cárcel es el único lugar para ti”, o “Estos gitanos ya no respetan nada”, se oía decir a las multitudes sin rostro. Un pobre hombre pide limosna en la puerta de la iglesia. Entra el terrateniente, perfumado y bien vestido. “Aquí no”, piensa él, “Ese hombre huele mal”, y su color negruzco le horroriza. Quizás suelte alguna monedita en el cepillo de la iglesia, eso sí; y si hay suficientes al final del día, y el mendigo continúa para entonces allí tirado, probablemente se lleve algo con lo que poder cerrar el puño. Así, el párroco y el rico se ganan su derecho al cielo y el pobre mantiene su fe…

en lugar de ir a robar a casa del terrateniente.

Y es que las tierras del terrateniente darían para alimentar con holgura a todo un pueblo que, día sí y día también, se apelotona frente a las rejas de su finca para pedirle trabajo. “¡No hay más trabajo, no hay!”, repite el terrateniente, día sí y día también. Y cada vez con menos paciencia.

Los jornaleros trabajan sus tierras de sol a sol, día sí y día también, pero están demasiado ocupados como para darse cuenta de la tremenda necesidad de trabajo que existe entre sus vecinos (no en vano, cuando salen de currar, duermen; y cuando ni duermen ni trabajan, se emborrachan en la taberna). Algo que no les ocurre a los diversos y numerosos sirvientes del terrateniente, que contemplan aterrorizados por las incontables ventanas del cortijo, día sí y día también, a esas masas de gente que, según creen, amenazan sus puestos fijos.

Además, ¿cómo iban a quejarse cada vez que la Señora de la casa les escupe con desprecio; o cuando el Señor, en evidente estado de embriaguez, agarra los bustos y otras zonas más íntimas de las doncellas, cocineras y criadas; o cuando los hijos propios se enferman, pero deben abandonarlos para cuidar de unos hijos ajenos a los que no les falta de nada? Al más mínimo signo de ingratitud, cualquiera sería puesto de patitas en la calle sin ningún tipo de remordimiento: pues, como ella o como él, hay mil personas al otro lado deseando ocupar un puesto tan afortunado como el suyo.

 

El gitano agarra las rejas de su celda y lanza un quejío al aire: “¡Si pa’ mí no queda ná, yo seré ladrón honrrao! ¡Y mientras los míos píen de hambre, seguiré robando al payo!”.

La voz del gitano se escapa por los barrotes y alcanza la calle, pero por allí no pasaba nadie para oírla; no en vano, todos permanecían frente a las otras rejas: las de la finca del terrateniente.
Todos excepto el mendigo, que se había quedado dormido bajo las puertas de la iglesia. Sueña con los angelitos.

 

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