Cuando el deseo se convierte en unas gafas opacas, por MILAN KUNDERA

Un día estaba intentando organizar una cita para la tarde, pero, como a veces ocurre, no conseguía localizar por teléfono a ninguna mujer, de modo que la tarde amenazaba con quedar vacía. Estaba desesperado. Ese día llamó unas diez veces a una chica, una encantadora estudiante de arte dramático cuyo cuerpo se había bronceado en alguna de las playas nudistas de Yugoslavia con tal regularidad que parecía que hubiera estado dando vueltas lentamente en algún asador asombrosamente preciso.
La llamó en vano desde todas las tiendas en las que trabajó y al terminar su jornada, alrededor de las cuatro de la tarde, cuando volvía a la oficina a entregar las facturas firmadas, lo detuvo de pronto en una calle del centro de Praga una mujer desconocida. Le sonrió:
— Doctor, ¿dónde se había metido? ¡Lo había perdido completamente de vista!
Tomás se esforzaba por recordar de dónde la conocía. ¿Sería una antigua paciente? Se comportaba como si fueran amigos íntimos. Él trataba de comportarse de modo que ella no advirtiera que no la había reconocido. Estaba pensando en cómo convencerla para que fuera con él al piso del amigo, cuyas llaves llevaba en el bolsillo, cuando por un comentario casual comprendió quién era aquella mujer: era la estudiante de arte dramático, maravillosamente bronceada, a la que había estado llamando desesperadamente por teléfono durante todo el día.
Aquella historia le hizo reír y le aterró.

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Cuatriálogo

—1: Oye, rebaja el tono. No es necesario que me grites tanto: ya te oigo bien

—2: No te estoy gritando. Así es como hablo yo cuando discuto

—1: Pues rebaja ese tono. Que me estás dejando sordo

—2: Mira tío, ya me estás tocando el coño. Antes te has enfadado tú porque no te he dejado terminar, y te he pedido disculpas. Pero por aquí no paso

—3: Ella es así, pichita. Tienes que aprender a ser más tolerante

—4: ¡Tolerante siempre! Yo estoy a tope con la tolerancia Leer Más



El dios de Jose Luis Sampedro

Me pongo en pie de un salto, doy un tirón a la cuerda que cuelga horizontal todo a lo largo del coche y hago sonar la campana de parada. Pero no aguardo: salgo a la plataforma y me dejo caer en un salto perfecto –estoy en forma–, mientras el tranvía dobla la esquina despidiéndose con su “tin–tin” cascabelero. Me encuentro en mi plazuela del Reloj; no porque hubiese alguno a la vista sino porque existió uno de sol en la fachada del convento de agustinas recoletas, derribado durante la Primera República. Me siento en un banco sintiéndome como en la cima de mí mismo, en una esfera cristalina, purísima, de una absoluta y deslumbrante blancura. Me contemplo asombrado: ¿Es posible sentirse así, Dios mío?

—¿Por qué no va a ser posible?

Una voz educada, neutra y a la vez penetrante. Me vuelvo hacia el personaje que, sin yo advertirlo, se ha sentado junto a mí. Aspecto de señor bondadoso, pero no blando, actitud de haber vivido y estar de vuelta, aire reposado pero ojos sabios y muy vivos. Su traje más bien convencional, con corbata muy discreta, de quien no se cuida de eso y se limita a no llamar la atención.

—¿Decía usted?

—He contestado a tu pregunta. No tiene nada de imposible que un hombre consiga elevarse a lo más alto de sí mismo, aunque reconozco que muy pocos lo intentan y la gran masa ni sospecha poseer esa cima.

—Pero ¿usted…?

—No. He venido porque me has llamado.

—¿Yo?

—Has dicho “dios mío”… Yo soy ese dios y aquí estoy.

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