A veces, cuando tocas fondo, aparece un sendero…

Y esa noche, pues, Hacón (el caudillo) invitó a la ciudad entera, en lugar de a una Hunderschaft (centuria), a otro diálogo de sus dientes, que había de consistir en un largo banquete en el que él y sus sacerdotes darían parcial salida a las reservas alimenticias de que había dispuesto su casta mientras todos padecíamos hambre; y ello, naturalmente, sin que se le ocurriera por un segundo temer escándalo alguno entre el pueblo, al que sabía compuesto solo de gallinas sin fuerza ni valor para oponerse al Gallo, de resignadas aunque estridentes aves de corral que solo vivían con la esperanza de sufrir en el cuello el picotazo gozoso del Amo de la Granja; y creo que fui solo yo quien sintió unas invencibles ganas de vomitar con tanto estruendo como para despertar a la ciudad, cuando uno de sus esbirros vino a comunicarme que era el invitado de honor en la fiesta. Leer Más

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Cuando el deseo se convierte en unas gafas opacas, por MILAN KUNDERA

Un día estaba intentando organizar una cita para la tarde, pero, como a veces ocurre, no conseguía localizar por teléfono a ninguna mujer, de modo que la tarde amenazaba con quedar vacía. Estaba desesperado. Ese día llamó unas diez veces a una chica, una encantadora estudiante de arte dramático cuyo cuerpo se había bronceado en alguna de las playas nudistas de Yugoslavia con tal regularidad que parecía que hubiera estado dando vueltas lentamente en algún asador asombrosamente preciso.
La llamó en vano desde todas las tiendas en las que trabajó y al terminar su jornada, alrededor de las cuatro de la tarde, cuando volvía a la oficina a entregar las facturas firmadas, lo detuvo de pronto en una calle del centro de Praga una mujer desconocida. Le sonrió:
— Doctor, ¿dónde se había metido? ¡Lo había perdido completamente de vista!
Tomás se esforzaba por recordar de dónde la conocía. ¿Sería una antigua paciente? Se comportaba como si fueran amigos íntimos. Él trataba de comportarse de modo que ella no advirtiera que no la había reconocido. Estaba pensando en cómo convencerla para que fuera con él al piso del amigo, cuyas llaves llevaba en el bolsillo, cuando por un comentario casual comprendió quién era aquella mujer: era la estudiante de arte dramático, maravillosamente bronceada, a la que había estado llamando desesperadamente por teléfono durante todo el día.
Aquella historia le hizo reír y le aterró.


El dios de Jose Luis Sampedro

Me pongo en pie de un salto, doy un tirón a la cuerda que cuelga horizontal todo a lo largo del coche y hago sonar la campana de parada. Pero no aguardo: salgo a la plataforma y me dejo caer en un salto perfecto –estoy en forma–, mientras el tranvía dobla la esquina despidiéndose con su “tin–tin” cascabelero. Me encuentro en mi plazuela del Reloj; no porque hubiese alguno a la vista sino porque existió uno de sol en la fachada del convento de agustinas recoletas, derribado durante la Primera República. Me siento en un banco sintiéndome como en la cima de mí mismo, en una esfera cristalina, purísima, de una absoluta y deslumbrante blancura. Me contemplo asombrado: ¿Es posible sentirse así, Dios mío?

—¿Por qué no va a ser posible?

Una voz educada, neutra y a la vez penetrante. Me vuelvo hacia el personaje que, sin yo advertirlo, se ha sentado junto a mí. Aspecto de señor bondadoso, pero no blando, actitud de haber vivido y estar de vuelta, aire reposado pero ojos sabios y muy vivos. Su traje más bien convencional, con corbata muy discreta, de quien no se cuida de eso y se limita a no llamar la atención.

—¿Decía usted?

—He contestado a tu pregunta. No tiene nada de imposible que un hombre consiga elevarse a lo más alto de sí mismo, aunque reconozco que muy pocos lo intentan y la gran masa ni sospecha poseer esa cima.

—Pero ¿usted…?

—No. He venido porque me has llamado.

—¿Yo?

—Has dicho “dios mío”… Yo soy ese dios y aquí estoy.

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La caricatura del mundo de Charles Bukowski

siéntese, Stirkoff.
gracias, señor.
estire las piernas.
muy amable de su parte, señor.
Stirkoff, tengo entendido que ha estado usted escribiendo artículos sobre justicia, igualdad; también sobre el derecho al gozo y a la supervivencia. ¿Stirkoff?
¿sí, señor?
¿cree usted que habrá algún día una justicia total y razonable en el mundo?
en realidad no, señor.
¿por qué escribe entonces esa mierda? ¿es que no se siente bien?
he estado sintiéndome raro últimamente, señor, casi como si estuviese volviéndome loco.
¿bebe usted mucho, Stirkoff?
por supuesto, señor.
¿y se la menea?
constantemente, señor.
¿cómo?
no entiendo, señor.
quiero decir, ¿cómo se lo monta?
cuatro o cinco huevos crudos y una libra de carne picada en un florero de cuello estrecho, oyendo a Vaughn Williams o a Darius Milhaud.
¿de cristal?
¿cómo dice, señor?
me refiero al florero, ¿es de cristal?
claro que no, señor.
¿ha estado usted casado alguna vez?
varias veces, señor.
¿qué fue mal?
todo, señor.
¿cuál fue la mejor tía que se tiró?
cuatro o cinco huevos crudos y una libra de carne picada en un…
está bien, está bien.
sí, lo está. Leer Más


La náusea

Era una vez un pobre tipo que se había equivocado de mundo. Existía, como la otra gente, en el mundo de los jardines públicos, de los cafés, de las ciudades comerciales, y quería persuadirse de que vivía en otra parte, detrás de las telas de los cuadros, con los dogos del Tintoreto, con los graves florentinos de Gozzoli, detrás de las páginas de los libros, con Fabricio del Dongo y Julián Sorel, detrás de los discos de fonógrafo, con las largas quejas secas del jazz. Y después de haber hecho bastante el imbécil, comprendió, abrió los ojos, vio que había sido un error; estaba en una taberna, precisamente junto a un vaso de cerveza tibia. Permaneció abrumado en el asiento; pensó: soy un imbécil. Y en ese preciso momento, del otro lado de la existencia, en aquel otro mundo que puede verse de lejos, pero sin alcanzarlo nunca, una pequeña melodía se puso a danzar, a cantar: “Hay que ser como yo; hay que padecer con ritmo”.
La voz canta:

Some of these days
You’ll miss me honey

 

La Náusea, J-P Sartre