El Fin (?)

This is the end, my old friend. Seis camiones de bomberos en una calle estrecha sin fuego. Gente preocupada esperando un desenlace evidente. Olor a muerte, sin ningún cadáver en concreto. Jugar a la suerte y no salir ni cara ni cruz: la moneda ha estallado en pedazos. La orilla devora al mundo sin reparos; es lo que debe hacer. El planeta es azul, tiende a ser agua. El juego de afectos y desafectos, tristemente, continúa. El contraste de un corazón atrapado en una pequeña pelusa rubia, el intento de un fuego sin luces de iluminar el corazón de otro; NADA. Nada sin aquellos márgenes de victoria. Nada si aquellos bucles me aplastan la chepa. Pequeños detalles como un domingo con sus amigas, como un dominó concertado, hubiesen evitado el caos de un desenlace inesperado por mi parte. Inesperado… Pero inevitable. El vómito. Todo olía ya a vómito. Bilis. Alcohol rechazado. No había más avance. Las orejas calvas eran sólo la parodia de un triste fin que podría haberse prolongado como una mala serie televisiva. No sé si estoy triste o no, no lo sé. Sé que no estoy feliz, que no soy feliz. También sé que el río debe desembocar, y que nadie debe plantarle cara por verter su olor a la libre salinidad de un mar inmenso. La muerte es un final inevitable en cualquier aspecto de la vida; y esta noche yo

he muerto vivo. This is the end, my only firend, The End.

 

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El llanto agudo de un perro por el pasillo. Un perro se ha colado en mi casa ¿O vive aquí? ¿Desde cuándo vive con nosotros este perro? Ha abierto la puerta de la habitación con el hocico y me mordisquea la mano que me cuelga desde la cama, dirección suelo. Sigue llorando mientras me muerde con suavidad y me lame, chantajeándome emocionalmente para conseguir algo de mí: que lo saque a pasear a la calle. Quiere que me levante ahora, justo ahora. Pero no puedo ¡VAYA RESACA! No, no puedo. Necesito descansar un poco más…

Despierto. Sólo era un sueño. Pero lo interpreto como un mensaje: que debo levantarme ¿Por qué debo levantarme? Debo algo, hacer algo. Algo en mí quiere que salga en este momento en busca de algo. De mi destino, quizás. Pero no puedo, no puedo ahora… Necesito dormir un poco más. ¿Y si llegara tarde a la cita con ese futuro que aguarda y lo pierdo ya para siempre? Ay.

Al final me levanto y salgo.

Acabo de llegar a un mercado de artesanía, está plagado de argentinos con melenas y rastas, hippies despreocupados y risueños adictos a la vida y a la nicotina con hierba. HE HE HE HE HE, ríen despacio y arrastrando las vocales últimas. No sé qué es lo que tengo delante. Pero una sensación muy familiar me invade. Me parece que es algo mío: ese artefacto de madera, como una estantería pequeña y tumbada con dos mitades, dividida como si fuera un libro a su vez dividido en mil mitades. Y en cada línea de separación hay colores y símbolos, en forma de piedras cuadradas y brillantes como rubíes. Me propongo ordenarlo todo, porque es un puzle. Mi puzle. Soy Yo. Y aunque no le encuentro la lógica, mi espíritu sabe ordenarlo, él sabe: aquí rojo chillante, allí azul zafiro, luego la A, el cristal, la M la O. Los argentinos ríen. HE HE HE HE

Y empujan el extraño mueble de una patada y todas las fichas se caen al suelo, CLAC CLAC CLAC CLAC. Ríen todavía más fuerte ahora HE HE HE HE HE HE HE, se ríen de mí. No entiendo nada… No entiendo. ¿Por qué a mí?

Me agacho a recoger, a ordenar, a subsanar el perjuicio causado al tablero inocente y abajo ya está una argentina con pasada verde esmeralda y un pelo que cae a mechones castaños como mil cataratas de hilos luminosos, y la piel luminosa y tersa, y una ropa tan hippie y cariñosa, y un cuerpo tan bello en cuclillas.

Qué haces aquí

Pero no me contesta

De mí no se ríe ni mi puta madre le digo

Y detrás de su mano oferente, mientras ésta se va retirando despacio y suavemente como quien deja mostrar una obra, todas las fichas quedan ordenadas en el desorden del suelo. Y están escritas en inglés, palabras que se van borrando en el aire mohoso mientras las leo y las traduzco, convirtiéndose en ceniza tras arder con amarilla pólvora. Leo:

“Hasta… el… rabo…                        toro… es… todo”

“¿De… verdad… esto… no… puede…                                     arreglarse?”

“¿De… verdad… Trump…                             no ha tenido nada que ver?”

Qué absurdo. Río. Quise besarla. Decidí besarla. Fui a besarla. Y me retiró la cara.

Despierto.

Por la calle sólo pasa la calle; si hay gente no lo sé. O me importa poco. Estamos ella y yo, caminando. Estamos tristes, sin hablarnos. Estamos sin estar estando. En el cielo aparece Júpiter. Sus aros lo rodean aceleradamente. Hay luz, hay fuego. Todo gira con virulencia. Ese planeta es cien veces como la luna y ocupa gran parte del cielo diurno. Tardo en darme cuenta de que no es normal, que esto no es para nada normal, y siento un miedo abrupto, mucho miedo. La abrazo. La abrazo fuerte. Si nos viene la muerte, que nos lleve juntos…

Despierto.

Pero ya no soy capaz de dormirme más

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