Tristezas (y Santos)

La tristeza es una pintura oscura que va tiñendo poco a poco todas las cosas de negro, hasta que el mundo entero se vuelve una profunda noche. La tristeza genera rechazo porque apesta, apesta como mil perros muertos torrados a un sol que nunca duerme. No es un hedor olfativo, pero de alguna manera también se respira, SE SIENTE. La tristeza es contagiosa –como cualquier otra enfermedad bacteriana o vírica. La tristeza es tan avariciosa que se apodera de todo lo que tienes, pero también de lo que tendrás –la más puta de las hipotecas. La tristeza, confusión y amnesia, se viste de fiel compañera para asesinar los días en los que se ausentó. La tristeza son las peores cadenas de la peor cárcel que jamás exista. Porque la tristeza te deja SOLO. Más solo que la soledad. Por más que seas de natural solitario, es una soledad que te duele y te postra en la ausencia completa de todo. Aquel que ha lidiado largamente con la tristeza debe saber bien de lo que hablo. Debe saber que cuando la tristeza te agarra de los huevos es cuando más se necesita de una mano amiga… pero es cuando las manos menos están ahí. No es que te vuelvas invisible, es peor: te conviertes en un agujero profundo, profundo. Y la gente esquiva los agujeros por miedo a caer. Bueno, se trata de un miedo innato. Con el tiempo aprendes a no cargar tu tristeza en espaldas ajenas, a lidiar con tus centinelas y demonios, a mantenerlos a raya, incluso a convivir con ellos. Hasta llegas a jugar con ellos (aunque a veces… pierdas). Es cierto que los demás desaparecen. En fin, no hay nada que reprocharles: huyen, pero es lo más natural. No obstante (y a pesar de eso), también existen los santos. Y esto no es mierda religiosa, es simplemente el mejor nombre que se me ocurre para darles. Los santos son esas pocas personas con luz que son capaces de adentrarse en tu persistente oscuridad para intentar iluminarla. Que fracasan una, dos y tres mil veces, pero que nunca dejan de intentarlo: tal es su naturaleza. Son esas personas escasas que poseen una claridad tan verdadera e intensa que no puede ser contaminada por ninguna oscuridad: ellos están a salvo, y te intentarán salvar a ti; es lo que mejor se les da –gente sobrehumana, hablamos de supermujeres y de superhombres. Yo no he conocido a muchos así (quizás a nadie)… pero sé que existen; llámalo fe. Y puestos a inventar y a seguir un camino inventado, y puestos a convertirse en alguien que albergue un cierto valor… ¿qué mejor que pelear con uno mismo para convertirse en santo? Los verdaderos santos se ganan el cielo terrenal, que es el único cielo que existe. Abandonemos de una puta vez las gilipolleces de trascendencia que sirven para aliviar las conciencias de los hipócritas:

¿Quieres crear un mundo mejor? Pues agarra esta maldita vida por los cuernos y conviértete en

inmortal

 

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